La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

Jardín de flores raras

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JOAQUÍN MARTÍN DE SAGARMÍNAGA /

Moscú, 1958. Se oye una alocución de Schostakovich en el paraninfo donde tuvo lugar la apertura del Concurso Internacional Chaikovski para pianistas y violinistas, en la que también da la bienvenida a los profesionales y amantes de la música. Estos 10 discos son una especie de jardín de flores raras, denominación tomada de la literatura y no tan caprichosa, aunque muchas flores lo parezcan en sus formas, que compendia obras de diferentes épocas, carácter y duración.

Algunos iniciaron amplias trayectorias tras el premio. Es conocida la anécdota del norteamericano Van Cliburn, que en plena Guerra Fría motivó reacciones candentes. El inefable Sviatoslav Richter calificó en la primera ronda en su acta de miembro del jurado: “Cliburn: 10; los demás: 0”. No sin conflicto, el de USA se hizo con el galardón y al regresar a su patria fue festejado como un héroe. El problema fue que ya siempre le pedirían el Concierto para piano nº 1 de Chaikovski y el Tercero de Rachmaninov, adheridos a él como un pulpo. En éste, desencadena sus delicadas o torrenciales oleadas de sonido, siendo muy bella la forma en que parece llevar en alto el primer tema cuando, enriquecido, reaparece promediado el tiempo inicial. Con no menos destreza solventa el Finale, cuyo desigual entramado polifónico desentraña con diáfana pulcritud. El gran Kondrashin acompaña de forma mollar, fraseando con estilo noble y abarcativo. ¿Y qué decir de Ashkenazy, cuyos dedos impares prenden los Fuegos fatuos de Liszt o exprimen la característica melancolía rusa de la Dumka de Chaikovski, su enésima elegía?

El Étude-tableau Op 39 nº 6 de Rachmaninov, obsesivo, atormentador, encuentra en Eliso Virsaladze una traductora ideal por la potencia hercúlea con que parece que dejara caer pesados fardos, siendo digna de notar la premura con que oprime y suelta el pedal, sirviéndose del vértigo que a veces produce el escape de los martillos sobre la cuerda correspondiente. El británico inclasificable John Ogdon mantiene sin variación, como el balanceo de una soga, la nota grave de Le gibet del Gaspard de la nuit raveliano, mientras alrededor va desplegando toda la rica armonía del conjunto. Húngaro, András Schiff toca la Tercera suite inglesa de Bach desembrollando bien los hilos del juego polifónico, con economía absoluta del pedal -a veces ausencia-  haciendo bullir sus ondulantes líneas no sin alguna aspereza. Al piano, Bach suele sonar algo romantizado, lo que también sucede aquí. No importa. Tal vez el patriarca carece de una estética rígida; trasciende todas. Katsaris, célebre transcriptor, comparece por ser casi el único que se mide con una pieza de vanguardia, el apretado Scherzo de la imponente Sonata II de Boulez, quedando patente que por mucho que éste afirmara que Schönberg había muerto, no es tan fácil desasirse de su nudo corredizo.

El piano con orquesta incluye varios ejemplos de elevado interés. Los dedos del virtuoso caracterizan al moscovita Vladimir Kraïnev, pero de poco le servirían si no alojasen en sus yemas una musicalidad sin tacha, que en el Concierto para piano nº 3 de Prokofiev es guía al escoger el tempo básico de cada movimiento. Articula sin epilepsias el atractivo Tema y variaciones que abarca todo el cuerpo central y logra muy buena conjunción con la orquesta, dándose entre Rozhdetsvenski y él ese balanceo armonioso similar al vaivén de las olas del mar, según la poética comparación de su maestro el gran Neuhaus. También puede degustarse el Primero de Chaikovski con Gavrilov, de dominio apabullante desde los primeros rotundos acordes, y sobre quien es vergonzoso que haya caído un manto de olvido en los últimos años. Dispone de grandes recursos, que le permiten alternar con fortuna los modos de ataque legato y staccato, y derrochar inventiva. Como es valiente no se arredra ante las dificultades cuasi imposibles -¡horovitzianas!- de la culminación, tocándola como un coloso y reduciendo la velocidad sólo al cruzar el desfiladero que la coda enfila.

Entre los violinistas defrauda un poco Oleg Kagan, quien ganó fama de genio malogrado. La versión del concierto de Sibelius de entrada nos hurta el primer tiempo y, aunque esté por supuesto bien tocada, tal vez no añada mucho a las de referencia que recorren el ancho mundo; le acompaña Borin Khaikin, un histórico de la ópera rusa. Excentricidad y genio se aúnan en Gidon Kremer, al que un simple estudio para violín del modesto Ernst, al que quizá no conocen ni en Naxos, da pie para exhibir su destreza sobre cuerdas múltiples, los ágiles deslizamientos  y la cantabilitá con que ejecuta algún pasaje. Una vez me dijo un ser humano que Chimes, de Shchedrin, era “música insoportable”. Nada más falso, y una prueba aforística es su Humoresque, obra de sólo inicial apariencia desgalichada que toca un joven Spivakov con su lozanía y gracia de antaño. Dice la leyenda que Paganini hizo un pacto con el Diablo, y sin duda así lo creía él. Sólo que el Diablo, supremo embaucador, se ausentaba mucho mientras Nicoló componía sus obras. No obstante, a veces Belfagor aparecía un momento, por aquello del qué dirán, y así sucedió acaso en su mejor concierto para violín, el Primero. Aquí no puede descansar en mejores manos que las de Victoria Mullova, artista temperamental, de segura articulación y medios asombrosos, con rebotes de arco que recuerdan una estampida conejil y capaz de solventar la endiablada cadenza con la naturalidad con que otros se afeitan cada mañana. A esta ecuación notable contribuye el director Pavel Kogan, antiguo violinista, cocinero pues antes que fraile.

La voz del cello me ha conmovido a través de Natalia Gutman, pues impresiona la belleza de su concepción y la tersura sonora en el Pezzo capriccioso, una breve y atractiva página de Chaikovski. El romanticismo aún conserva rescoldos en el 2º de los dos conciertos de Tikhon Khrennikov, el purpurado Secretario de la Unión de Compositores Soviéticos; como el anterior, no racanea el fino dibujo instrumental ni los hallazgos rítmicos. El cellista Kyrill Rodin sorprende en él por su vibración cálida, a menudo de gran intensidad. Gergiev dirige con su habitual brillantez algo ruda; los esotéricos afirman que es un niño índigo, aureolados seres con la misión de reforzar la alicaída espiritualidad del planeta. Pero no hay que fiarse mucho de esas niñerías New Age, pues a fin de cuentas el mundo sigue como estaba, además de que Gergiev tiene una cara de mala leche…

Bajemos el telón con los cantantes; ellos son más que nadie escena. El tenor Atlantov, en su arranque del Boris, me hizo alzarme literalmente del asiento en los madriles, atizado por el fustazo de su voz. Tal vez no es el dúo de amor -con la sensible Jane Marsh- lo que más le va de Otello, pero es una ópera que dominaba, afrontada con la voz sana y robusta, además de brava entrega. Por supuesto es excelente la entonces joven Obraztsova. No se trata sólo de su voz ancha y carnosa, sino del excepcional juego que extrae en todo el dúo del acto II del Samson, que aquí no necesita ni tenor. Aunque cargara ya un poco las notas bajas, se permite milagros como atacar la clausura de las dos estrofas con voz fluvial e ir disminuyéndola gradualmente sin menguas de calidad. En cambio, tentado estoy de decir que Burchuladze en Attila era un patán, con buen material (que hoy tiembla como una tartana), pero falto de estilo y casi de técnica. A su lado, el siempre rotundo Nesterenko casi parece Reizen vuelto a la vida, tan principesco como el Galitski de Borodin.

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