La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

Barroco español. Imprescindible.

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MARIANO ACERO RUILÓPEZ / Hoy diríamos que era de la provincia de Guadalajara, pero cuando nació Sebastián Durón, allá por 1660, la alcarreña Brihuega, de cuya parroquia de San Juan su padre era sacristán, se decía encuadrada en la diócesis de Toledo (eran las demarcaciones eclesiásticas las entonces dominantes en el horizonte común).

Formado en la catedral de Cuenca, Durón inició una zigzagueante trayectoria como organista en diversas catedrales castellanas y aragonesas para finalmente, dar en 1691 el salto (todavía insuficientemente explicado) a la capilla real. Contó con el apoyo de la joven reina Mariana de Austria, empeñada en la modernización de la música hispana siguiendo los patrones italianizantes que había conocido en su Palatinado natal -papel de síntesis que Durón supo ejercer eficazmente- y pronto se convirtió en el músico favorito de la corte y sus aristócratas integrantes tanto en su vertiente de compositor de música religiosa como profana (de cámara y teatral). Fue, como es bien sabido, fiel a la dinastía de los Habsburgo en la guerra de Sucesión, lo que le costó el exilio, muriendo junto a su egregia patrona en 1716.

Estigmatizado políticamente por los Borbones triunfantes, perdida lamentablemente la mayor parte de su obra tras su muerte, acusado por el padre Feijoo de ser el principal responsable de secularizar y banalizar la música religiosa española -de introducir el tararira, desplazando a la antigua seriedad española-, Durón ha permanecido en un segundo plano hasta tiempos recientes en que se ha emprendido una seria tarea de recuperación no sólo musicológica sino también divulgativa de su obra conservada.

Buen ejemplo de ello es este excelente disco de Albert Recaséns, grabado al albur del reciente tercer centenario de la muerte del compositor. Destacamos, en primer lugar, su cuidada presentación, con folleto ricamente ilustrado y esclarecedores comentarios musicológicos de Pablo L. Rodríguez e iconográficos de Jesús Ángel Sánchez Rivera. Reúne, por otra parte, once composiciones, casi todas inéditas -circunstancia ya destacable por sí sola-. Son en su inmensa mayoría religiosas -sólo una parece de procedencia profana- y reflejan e ilustran perfectamente la ya citada síntesis que el compositor alcarreño supo realizar entre tradición autóctona e influencias foráneas, tanto en la estructura de las obras cuanto en la instrumentación, cada vez más compleja e idiomática -puede verse, por ejemplo, en las dos que exigen clarín y dos violines obligados- y el dibujo melódico. Y están interpretadas con el rigor y pasión que Recaséns suele imprimir a todos sus trabajos. La labor del grupo vocal -del que en algunas ocasiones se destacan, por ejemplo, la soprano Eugenia Box o el contratenor Gabriel Díaz Cuesta como solistas- e instrumental es literalmente impecable. Estamos, en suma, ante un disco imprescindible para todo melómano interesado en la historia de nuestra música.

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