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Publicado el: Jue, 21 Ene, 2016

Cien años con el Boissier

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La violinista madrileña Ana María Valderrama es noticia estos días por su debut discográfico en Solé Recordings con el álbum À mon ami Sarasate, un homenaje al compositor y supremo virtuoso del instrumento cuyo famoso violín Stradivarius –conocido como el ‘Boissier Sarasate’– ha sido empuñado por la intérprete madrileña para la grabación de este disco. Aprovechando la ocasión recuperamos en El rincón del lutier un esclarecedor ensayo sobre este magnífico instrumento firmado por la musicóloga y encargada del Museo del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid Eva Jiménez Manero publicado en los números 16 y 17 de la revista oficial de la institución durante la temporada 2009-2010.

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EVA JIMÉNEZ MANERO (Ayudante de Museos y Colecciones museográficas del RCSMM) /

El Real Conservatorio Superior de Música de Madrid recibió en 1909 uno de sus legados más importantes, el violín Stradivarius de Pablo Sarasate. A través de la documentación conservada en el Archivo del centro conocemos parte de la trayectoria del instrumento en estos últimos 100 años, y se pone de relieve el reconocimiento que ha de tener uno de los mejores violines del constructor cremonés.

En julio de 1909, Tomás Bretón, por entonces Comisario Regio del Conservatorio de Música y Declamación de Madrid, acompañado de Antonio Fernández Bordas, encabezó la comitiva para recoger en París el legado que Martín Melitón Pablo de Sarasate y Navascués hizo a este centro. El insigne músico había fallecido meses antes, el 20 de septiembre de 1908, y como imborrable recuerdo de su persona, ofrecía al Conservatorio dos generosos presentes.

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El legado se concedía según su testamento tal y como se transcribe literalmente en el documento leído ante notario durante la entrega:

Doy y lego al Conservatorio de Música de la villa de Madrid (España) la cantidad de veinticinco mil francos (aumentado más tarde a 100.000) que deberá ser colocado de la mañera más sólida y mas intocable contra las medidas de conversión y reducción. (…)

El músico había revocado en 1894 uno de los apartados testamentarios. El South Kensington Museum, hoy Victoria & Albert Museum, iba a ser depositario de uno de los dos violines del constructor Antonio Stradivari que poseía Sarasate. El cambio de este codicilo favorecía al Conservatorio de Madrid. La cita, reproducida y traducida en el documento del Legado decía literalmente:

Revoco el legado que hice al Museo del South Kensington de Londres, de mi violín Stradivarius de 1713; lego este mismo violín al Conservatorio de Madrid; recomiendo que se exponga en una vitrina. Este legado será entregado franco y libre de cualquiera gastos y derechos,

París 12 de junio de 1894, (firmado) Pablo Sarasate.(…)

La traducción del legado continuaba con la siguiente referencia al violín.

Para la percepción del derecho de registro, el violín ha sido tasado en 5.000 francos en el inventario extendido el 10 de julio de 1908 por Maese Delorme. Los gastos de las presentes y los que sean resultado o consecuencia de las mismas serán sufragados y satisfechas por la herencia del Sr Sarasate. De lo que se extendió escritura hecha y otorgada en París, rué Saulinier, número 4 en casa del Sr Caresso, fabricante de instrumentos músicos de cuerda, el 1 de julio del año 1909.(…)

El 17 de julio de 1909 se hacía la lectura de este documento y entrega de los bienes designados en la herencia del Sr. Sarasate al Conservatorio de Madrid. El notario fue Maese Juan Bautista Eduardo Delorme, y los albaceas Otto Goldschmidt, artista músico, y Mauricio Lecomte, agente de cambio en la Bolsa de París.

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Sin duda el generoso legado fue fruto de las buenas relaciones del violinista con nuestro Conservatorio. La relación del músico con el centro había sido fecunda en vida de Sarasate, aunque él se formó como sabemos en el Conservatorio de París, y a aquel centro legó su otro Stradivarius, el conocido como Sarasate, violín de 1724. En el archivo del centro quedan muestras escritas de estas buenas relaciones. Se le hizo profesor honorario en 1883 y en sus giras de conciertos por España incluyó a nuestra institución. En una misiva autógrafa encontrada en el archivo, de 1886, Sarasate agradecía por carta el concierto que se hizo en su honor y los agasajos que recibió del Conservatorio.

El violín que llegó al centro en Julio de 1909, conocido como el Boissier, era en época de Sarasate también conocido como el rojo, seguramente por la intensidad y magnífico estado de conservación de su barniz. Data de 1713, según su etiqueta en la que se lee Antonius Stardivarius Cremonensisl Faciebat Anno 1713. Se encuadra dentro del periodo de oro del constructor, que engloba los años de 1710 a 1720.

Los preparativos para su llegada se tomaron desde el momento en que se tuvo noticia de la concesión del legado. Podemos afirmar que el centro fue consciente de la importancia del legado y en concreto del violín desde un principio. El recorrido que ha tenido el instrumento a lo largo de los 100 años de estancia en el Conservatorio es un tema que estamos descubriendo poco a poco. Por el momento contamos con unas pocas pero bien documentadas referencias.

La primera de ellas data de cuatro días después del fallecimiento de Sarasate. El que fuera su discípulo, Antonio Fernández Bordas, escribía con fecha del 24 de septiembre de 1908, desde Biarritz al comisario regio del Conservatorio para informarle de primera mano de la disposición testamentaria referida a la donación de su célebre Stradivarius.

Aproximadamente un mes después de esta carta Otto Goldsmitdth, amigo y albacea testamentario de Sarasate, se dirigía de nuevo a Tomás Bretón informando de que lo que concernía al legado iba a tener un recorrido de meses. Asimismo expresaba su preocupación y la responsabilidad que para él suponía la custodia de este tesoro. Tanto es así que Goldsmithdt informaba de que él mismo había encargado una caja de vidrio para guarecerlo del polvo a la casa Carrese y Frangois sucesores de Gand Bernardel, que «siempre han cuidado de él y lo conocen de memoria».

En noviembre de 1914 se remitió presupuesto para encargar una urna de bronce y cristal para el instrumento «dado el mérito grande y el cuantioso valor intrínseco del violín legado a este centro por el glorioso Sarasate.»

Las actas del claustro de profesores de 1914 discutieron ampliamente la mejor manera dé conservar este instrumento que tanta admiración despertaba. Fernández Bordas incluyó un informe detallado acerca de cómo debía guardarse el violín. Había de ser colocado en una vitrina precintada y cerrada con dos llaves custodiadas por el Comisario regio y otra por el profesor más antiguo de enseñanza de violín. De acuerdo a su valor intrínseco se lo colocaría en lugar preferente, debiendo permanecer permanentemente expuesto al público. Según señalan estos documentos no podía ser usado en acto público alguno.

Con fecha de 1919, se vuelve a tratar el tema. En contestación a la carta remitida por el ayuntamiento de Pamplona, el director manifiesta que el violín no ha sido utilizado hasta la fecha por artista alguno. Al parecer el jurado del premio había solicitado para José Carlos Rodríguez Sedano, dada la brillantez de su interpretación pata el concurso, el honor de tocar el instrumento, pero el hecho no había llegado a producirse. El violín, según manifiesta el escrito, se conserva con todo el cuidado y los precintos de su vitrina no se han abierto, aunque anuncia la adopción de medidas que lleven a sacado de vez en cuando siempre con carácter particular y dentro del centro de enseñanza, para prevenir su deterioro.

Años más tarde, en 1925, ante el desalojo del Conservatorio del Teatro Real, desde la Dirección general de Bellas Artes se hace constar la solicitud de depósito del violín en el museo del Prado, por ser esta la institución que podría asegurar con garantía su mejor conservación.

En 1936 al inicio de la guerra civil ocurrió uno de los episodios más graves en la historia del violín. En un primer momento se resguardó en la caja de seguridad del Banco de España, y algo más tarde tuvo que salir de la asediada Madrid, junto a otras valiosas obras de arte. Durante unos años el Conservatorio perdió su pista, aunque por fortuna volvió a ser localizado en abril de 1940.

El repaso de documentos dista mucho de estar concluido, y en los próximos años es posible que hallemos más referencias que aclaren algunos aspectos del recorrido de el Boissier en el Conservatorio. Uno de los últimos documentos encontrados señala que en los años 60 bajo la dirección de Cristóbal Halffter, se nombró una comisión de expertos pata evaluar la posibilidad de utilizar el instrumento. Como vemos, nuevamente se comprueba la gran consideración que siempre se ha tenido sobre este instrumento, aunque es cierto que se puede asimismo concluir que no se sabía muy bien que hacer con él. La interpretación quizá excesivamente estricta, de las últimas voluntades de Sarasate, han hecho del violín una joya oculta de la que muy pocos han podido disfrutar. No hay que olvidar que el músico era persona generosa por naturaleza y que quiso que el instrumento pudiera ser admirado por todos.

El violín es, ni más ni menos, uno de los mejores que se conservan del constructor de Cremona Antonio Stradivari. Fétis en primer lugar, y Hill algo más tarde lo mencionan como el 5º más bello. La descripción que de él se hace hacia 1888 en las notas del libro de ventas de la casa Gand Bernardel, apuntan este sentido. Sin duda es un instrumento espléndido, y su valía lo sitúa actualmente entre los 5 ó 6 mejores violines del constructor a juicio de expertos como Charles Beare, uno de los más reputados conocedores en la materia. Otros lutieres reconocidos como Duane Rosengard, Philip Kass, Alfredo Primavera o el profesor de lutería del centro, Lauret López, han tenido la oportunidad de verlo en las salas de exposición en el último año y corroboran esta afirmación.

Como hemos visto, si atendemos a los documentos presentados, la estima que se tenía sobre el instrumento en el pasado era una valoración esencialmente histórica y estética, ya que se menciona que, al menos en los primeros años de estancia en el Conservatorio, no se permitía a nadie tocar con el instrumento. Sus cualidades sonoras permanecían ocultas, o al menos poco difundidas.

Habiendo pertenecido a Sarasate, su admiración por el violín se debía a su belleza, antigüedad y buena factura, algo que él tanto apreciaba en todo lo que poseía. Sin embargo, como intérprete y músico sin duda disfrutó enormemente con su sonido, aunque desgraciadamente no tengamos constancia de ello.

El último informe sobre su estado hecho por la casa Beare en 2005 confirmó que su estado de conservación es magnífico, ya que conserva el barniz original muy completo. Aunque no se ha hecho un estudio en profundidad, al parecer las restauraciones que sufrió en el siglo XIX fueron muy respetuosas con el original. Esta es una de las principales características que distinguen a este violín entre otros, el reconocimiento de su valía y el excepcional respeto con el que se ha sido tratado por sus dueños.

Podemos por lo tanto afirmar que la suerte de este violín, desdé el punto de vista dé la conservación, fueron sus dueños y custodios, extremadamente respetuosos. Muchas son las leyendas que circulan sobre las aventuras de este violín en nuestra institución, pero al margen de todo ello lo cierto es que ha llegado hasta nosotros en un estado impecable.

Ahora nos toca a nosotros cuidado y esto supone un privilegio y a la vez una responsabilidad enorme. Desde la perspectiva de trabajo en los museos y el patrimonio histórico, es difícil de encajar la conservación con la utilización de una pieza de casi 300 años como esta, pero tampoco podemos negar que el instrumento no está completo sin su sonido.

Desde hace unos años, si bien muy ocasionalmente, el violín ha vuelto a sonar y a demostrar, su verdadera valía. Creemos que estas actuaciones no hacen sino reafirmar la voluntad de admiración pública que expresara Sarasate. Los ganadores de los Premios Nacional e Internacional Sarasate tienen él privilegio de tocado en un concierto especial que se celebra en el Conservatorio.

El violín pertenece a todos y a todos comprende el disfrutarlo. Es una pieza única, trasmisora de valores universales. Un bien del que el Conservatorio es custodio y como tal responsable de que se tomen las medidas precisas para que siga en el mejor estado. El centro ha de administrar todos los medios posibles para que cualquier actuación sobre él revierta siempre y sin excepción en una mejora en el recorrido de una pieza única como es esta, un maravilloso violín que hace ya 100 años tenemos la enorme suerte de custodiar.

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