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Corelli, Tur Bonet y la alegría de vivir

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 EDUARDO TORRICO / ¿Hacía falta una nueva lectura del Opus V de Arcangelo Corelli? Seguramente es la pregunta que se formulen muchos amantes de la música barroca. Pero la primera que se la hizo fue la propia protagonista de este álbum, Lina Tur Bonet, cuando se lo planteó su casa discográfica. Hay muchas versiones de estas sonatas en el mercado y algunas de ellas son excelentes, por lo cual ese titubeo tenía su razón de ser. “También dijiste lo mismo con las Sonatas del Rosario y mira el éxito que has tenido con ellas”, le respondió ese zorro astuto de la industria del disco que es Michael Sawall, propietario de Pan Classics. Tal respaldo anímico fue determinante para adentrarse sin complejos en el universo corelliniano y para afrontar la obra qué más influencia tuvo en la música del siglo XVIII.

El Opus V de Corelli no solo terminó de dar forma definitiva a la sonata, sino que marcó la manera de escribir de infinidad de compositores de aquel periodo, dentro y fuera de Italia. Supuso, asimismo, un antes y un después en la historia del violín. Nada volvió a ser como era después de aquel 1 de enero de 1700, fecha de su publicación y fecha considerada simbólica por muchos que entendían (entienden) que se trataba (trata) del inicio de un nuevo siglo, de una nueva época (yo, que soy de los que siempre procuran llevar la contraria, sigo pensando que el siglo XVII acabó el 31 de enero de 1700 y que el siglo XVIII comenzó el 1 de enero de 1701, pero esa es otra historia que no viene ahora a cuento). Después de salir de la imprenta, el Opus V tuvo hasta 42 ediciones a lo largo de la centuria, cifra que explica por sí sola la enorme trascendencia de las doce sonatas del maestro de Fusignano. No hubo rincón de Europa que no las conociera ni que se resistiera a la tentación de imitarlas. Y fueron decenas y decenas los músicos que acometieron sus propios arreglos (para flauta o para viola da gamba, por ejemplo, o también en modo concierto). Todo un hito.

Para realizar una nueva versión no basta con tocar bien (algo que la violinista ibicenca ha demostrado con creces en estos años). Hay que encontrar un enfoque lo suficientemente atractivo que sea capaz de subyugar al potencial consumidor. Fueron muchos los planteamientos que pasaron por su cabeza: desde el orgánico para cada una de las doce sonatas (hacerlas todas con los mismos instrumentos habría tenido poco de gancho, claro) hasta las ornamentaciones para el violín. En este segundo apartado cabían dos posibilidades: recurrir a las ornamentaciones que firmaron destacados compositores de la época o hacerlas ex novo, con el ingente trabajo que ello conlleva. La decisión, acertada a mi forma de ver, fue híbrida: por un lado, utilizar algunas de las más conocidas de entonces (como las Geminiani para el primer movimiento de la sonata 9ª y las de McGibon, Dubourg, Roman y McLean para los cuatro movimientos, respectivamente, de la 10ª); por otro, crearlas expresamente.

En cuanto al orgánico, Tur Bonet ha buscado el mayor efecto pirotécnico posible: clave y órgano (Dani Espasa), violonchelo (Marco Testori y Guillermo Turina), tiorba y guitarra (Josep María Martí), archilaúd y tiorba (Manuel Minguillón), arpa (Sara Águeda) y violone (Andrew Ackerman). Evidentemente, no todos juntos, sino alternándose en función del carácter: el extravertido de las sonatas da camara y el más íntimo de las sonatas da chiesa. Pero nada es exagerado, todo funciona con maravillosa naturalidad, haciendo de estas lecturas un prodigio de transparencia y de luminosidad (de eso que ahora tan socorridamente se llamada “meridionalidad” o “mediterraneidad” cuando se habla de determinadas interpretaciones de obras de compositores sureños, principalmente italianos). Tocadas por escricto orden numérico, la escucha concluye con esa bárbara traca que es La Follia, quizá para dar sentido al título del disco: “La Gioia”, es decir, la “alegría de vivir”.

A estas alturas habrán colegido que estamos ante una lectura descomunal, absolutamente imprescindible, que consagra, por si no lo estuviera ya, a Tur Bonet como una de los más grandes violinistas del momento (y evito añadir el adjetivo “barrocos” porque con el violín moderno y otros repertorios más cercanos en el tiempo se muestra con idéntico nivel de excelencia). No busquen, no hay más opciones: Stefano Montanari (Arts), Enrico Onofri (Passacaille) o Lina Tur Bonet… Escuchar cualquiera de estas tres versiones del Opus V convierte a todas las demás en totalmente accesorias.

PAN 10375

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  1. Hasta la publicación de estas, conocía las Op. V de Onofri, que me encantan por su delicadeza y belleza. Tengo pendientes las de Montanari, que abordaré después de empaparme bien de esta grabación de Lina Tur.
    Si algo me parece constante a lo largo de mi experiencia como aficionado -sólo modesto aficionado, pero entusiasta y amante – es que las lecturas que los grandes intérpretes hacen de las grandes obras contribuyen a enriquecerlas más y más. No es un \”copiar y pegar\”, sino la aportación de contenidos vitales, estéticos, emocionales e intelectuales pasados por ese tamiz áureo de la Música. Cada época histórica tiene su afán, sus criterios estéticos, referentes ambientales de muchos tipos, y eso creo que justifica que en pleno siglo XXI se vuelva la vista a centurias anteriores y, desde una lectura respetuosa de la esencia de la obra y el conocimiento de su autor y peripecia vital, ponerlo bajo el foco de los nuevos tiempos. Bienvenidas, pues, cuantas interpretaciones nuevas se hagan, bajo las premisas antes expuestas. Que, además, para mí tienen una ventaja: todas suman. Coincido en que esta edición no descarta otras anteriores. Las enriquecerá y permitirá que quienes disfrutamos escuchando estas joyas salgamos ganando.
    Mi relación con \”La Gioia\” partió de la experiencia de escuchar las interpretaciones de parte de estas Sonatas en una estructura esquelética (violín y clave) en dos conciertos en vivo el pasado verano, lo que es -en mi modesta opinión una vez más – la auténtica piedra de toque de una lectura musical. ¿El resultado? Dos experiencias magníficas para apreciar la belleza de la obra, la calidad de las ornamentaciones y la autoridad de los intérpretes (en ambas, el alma mater de esta criatura, Lina Tur y Daniel Espasa). Aún no he terminado de escuchar la totalidad de la grabación, pero esa idea que también se explicita en el artículo, poniendo esta obra en relación con la colosal interpretación que la misma Lina Tur hizo de las Sonatas del Rosario de Biber, ya está instalándose en mi mente. Coincido en pensar que serán elemento de referencia, como ya lo son las del gran compositor bohemio.
    Y el único nexo entre ambas grabaciones es la propia Lina Tur Bonet, equipo técnico al margen. No coinciden ni compositor, ni estilo, ni músicos acompañantes. Lo que, sin duda, nos lleva ante una figura musical de primerísimo orden, de unas capacidades y sensibilidad fuera de lo común.
    ¡Afortunados quienes podemos disfrutar de ella en conciertos y grabaciones de tal calidad!

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