La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

Del sol mediterráneo a las brumas célticas

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MARIANO ACERO RUILÓPEZ / Durante el siglo XVIII las Islas Británicas fueron una de las más agradecidas mecas para los músicos europeos -sobre todo, italianos-, que cruzaron el canal de la Mancha esperando encontrar reconocimiento artístico y trabajo más o menos seguro y bien remunerado. El temprano desarrollo de una clase media -aunque conviene no exagerar sobre el alcance de la expresión- que encontró en los espectáculos y la práctica musicales una de las vías ideales para la convivencia, la práctica del ocio y el cultivo del espíritu aseguraban una demanda social más amplia que en el continente y por ende, mayores posibilidades de ingresos seguros y vida acomodada.

Y Bruno Cocset, en su faceta de violagambista, les rinde un hermoso homenaje, centrándose en los practicantes de su instrumento que se afincaron, más que en Inglaterra, en Escocia e Irlanda. Aparecen en este disco, por lo tanto, Lorenzo Bocchi, el primer violonchelista en afincarse en Edimburgo y el luquense Francesco Geminiani, dublinés tras una prolongada experiencia londinense, pero también algún nativo que asumió el estilo foráneo, como James Oswald, que se transmutaba en David Rizzio cuando escribía en estilo italiano. Y, por supuesto, Torlough O’Carolan, el arpista ciego y gran bardo itinerante que encarna las esencias de la música celta y R.D. O’Catháin (s.XVII), que aporta la melodía Da mihi manum que da título al disco.

Se reúnen, pues, la melancolía de la isla brumosa, el virtuosismo italiano preñado de resonancias célticas, la delicadeza y lirismo melódicos, la elegancia inherente a quien llevaba la música en el alma con los infinitos matices de los instrumentos de época… que, por cierto, Cocset ha recuperado en parte de viejos cuadros de Bartolomeo Bettera (1639-1688), pintor italiano especializado en bodegones musicales. Surge así un disco profundo y rico en colores y matices, preñado de saudade, auténtico mestizaje de la música popular y la cultivada. Un disco que, en definitiva, es una auténtica delicia y un recordatorio de la cada vez más intensa fusión de estilos y formas que, en última instancia y sin abandonar las posiciones de partida, caracterizó al siglo XVIII musical europeo.

ALPHA 276

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