La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Lun, 12 Jun, 2017

Dos pianistas en uno

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Vladimir Ashkenazy y Vovka Ashkenazy. Ciclo Grandes Intérpretes de Piano. Fundación Scherzo. Auditorio Nacional. 5 de junio de 2017

SOLEDAD BORDAS / Vladimir Ashkenazy es uno de los mitos del piano actual y mantiene vigorosamente su actividad a sus 80 años. Tiene dos hijos músicos, un clarinetista y un pianista. Y es con este, Vovka, con quien compartió escenario en  el Auditorio Nacional con repertorio para dos pianos.

La primera obra que interpretaron, el Divertimento a la húngara, D.818 de F. Schubert, está escrito originalmente para cuatro manos pero ellos prefirieron tocarlo a dos pianos, quizá para evitar los codazos y cruces de manos que con frecuencia suceden cuando hay que compartir teclado. En este largo Divertimento, más divertido de tocar que de escuchar, ya demostraron lo que juntos pueden hacer. Tienen el mismo criterio interpretativo, homogeneidad en el sonido y absoluta sincronicidad en los ataques. No había rivalidad como suele suceder en otros dúos, sino algo parecido a “telepatía”, como si de un mismo pensamiento musical surgieran cuatro brazos.

Gestualmente parecía dirigir Vladimir, pero solo durante los saludos y las salidas y entradas al escenario.

La segunda pieza que interpretaron fue El Moldava, de B. Smetana, descriptivo poema sinfónico escrito primero para piano, aunque su versión más popular es  la de orquesta. Los dos pianos, como dos fuentes, se convierten en río, la música fluye, se agita, corre por los Rápidos de San Juan, asistimos a una boda y a una cacería, vemos las ninfas en la noche y  finalmente desembocamos en el Danubio.

Hubo que descansar después de este magnífico viaje.

En la segunda parte del concierto interpretaron dos monumentos del repertorio a dos pianos: Rapsodia Española de M. Ravel y Fantaisie-Tableaux, Suite nº1, op.5 de S. Rachmaninov, en la misma línea interpretativa que nos habían mostrado antes. La dificultad pianística de ambas obras quedaba reducida a nada ante la belleza de la música y la extraordinaria sonoridad de dos pianos que se oían como uno solo pero con más cuerdas. Un logro de artistas  al que probablemente contribuye el parentesco y la herencia.

(Como anécdota se puede contar que los pianistas tocaban con partitura, como es obligado cuando se toca con otro para no perder la referencia y se necesitan personas para pasar las páginas. Pero el más moderno Vovka eligió leer la partitura en formato digital, en una pequeña Tablet. La pantalla solo mostraba unos pocos compases cada vez, lo que obligaba al ayudante a levantarse con una frecuencia aproximada de unos 10 segundos para tocar la pantalla y pasar página. Esta coreografía añadida resultó ser una fuente de distracción y algunos tuvimos que cerrar los ojos para oír mejor. Por su parte Vladimir nos hizo sufrir menos con su partitura en papel de toda la vida).

 

Inolvidable concierto en una sala demasiado grande para un público exigente y exquisito pero no numeroso que, como una logia secreta, se congrega a escuchar a los dioses de la música sin que se entere nadie.

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