La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

El furor de María Espada y sus Nereydas

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Festival de Arte Sacro. Madrid. Iglesia de Santa Bárbara. 9-III-2017. 20:30 horas. María Espada. Nereydas. Javier Ulises Illán. Motetes y conciertos de Antonio Vivaldi

JAVIER SARRÍA PUEYO / Organizar conciertos en iglesias históricas tiene muchos atractivos; el ambiente, por ejemplo, según en qué repertorios es muy sugerente y, al fin y al cabo, en un festival que se dedica al arte sacro tiene todo el sentido aprovechar para hacer un recorrido por el patrimonio arquitectónico religioso de Madrid. Pero otra cosa es la acústica. Y el óbolo simbólico. En cuanto a lo primero, por razones que no vienen al caso, este cronista llegó unos minutos tarde al evento y, a pesar de tener reservada localidad por parte de la organización, ésta fue graciosamente ofrecida a algún otro asistente, por lo que servidor no tuvo más remedio que aguantar a pie firme la totalidad del concierto. Incluida la segunda parte tras el descanso. Pero, como no hay mal que por bien no venga, eso me dio la oportunidad de ir comprobando la acústica de la iglesia en distintas ubicaciones y escuchar el concierto como lo haría cualquier mortal. Al fondo de la nave un halo reverberante envolvía el sonido de los instrumentos, formando un borrón indistinguible en los pasajes rápidos. Y la voz se perdía en las holguras de bóvedas y cúpula. La cosa mejora notablemente de la mitad de la iglesia hacia adelante, logrando buena definición e impacto. En las primeras filas la acústica era excelente, logrando con ello lo mejor de los dos mundos, pues el oxígeno aportado por el espacio hacía ganar enteros a la música e interpretación. Lástima que ese privilegio sólo correspondiese a un diez por ciento de los asistentes.

En cuanto a lo segundo, toda mi vida he defendido la necesidad de eliminar cualquier tipo de concierto gratuito (salvo verbenas y eventos análogos), pues, ya en el plano de la música culta, ello propicia que un ejército de ociosos y despistados hagan guardia en la puerta tres horas antes del concierto, invadiendo cual horda mongola el lugar e impidiendo que verdaderos aficionados –pero tal vez con menos tiempo– puedan asistir en condiciones decentes (o simplemente asistir) al evento. Tal fue el caso del jueves pasado, con infinidad de personas sentadas en el suelo, sobre los peldaños de los altares, de pie por todas partes… Una entrada simbólica de tres euros constituiría, sin género de duda, un excelente tamiz. Ya se entenderán con el señor arzobispo (los organizadores, quiero decir).

Al margen de estas cuestiones de intendencia y yendo a lo mollar, anoche pudimos asistir a un gran concierto. Los conciertos para cuerda son una faceta bien conocida de Vivaldi, aunque, como tantas veces pasa, siempre son media docena los que se repiten insistentemente. Tanto el Concierto RV 157 como el RV 153 están bien representados en la discografía, aunque en concierto no se suelen escuchar. Más raro es el Concierto en sol menor RV 153 (si bien en el programa se presentaba como en re mayor), una belleza refulgente poco común que remató de forma óptima la parte instrumental. Los motetes vivaldianos están relativamente poco explorados, a pesar de su enorme contenido dramático y cualidades musicales. Los tres elegidos para la ocasión se sitúan, precisamente, entre los más teatrales, de altísimo voltaje. Es música muy agradecida… para quien sepa hacerla, pues se necesita una soprano de portentosas cualidades técnicas y un temperamento muy sanguíneo. Hubo suerte la noche del concierto.

En efecto, María Espada es esa cantante. Dramática –pero sin perder el refinamiento–, muy rítmica, preñó su versión de magníficos e inteligentes matices expresivos y manejó con verdadera maestría la endiablada, casi sádica, coloratura, dando una impresión de facilidad muy reveladora del profundo trabajo previo realizado. Sin duda nos encontramos en presencia de la mejor soprano española dedicada al repertorio barroco.

Nereydas llama la atención por su excelente sonido, afinación, empaste, conjunción, apasionamiento y capacidad para el matiz, realzado por una dirección, la de Javier Ulises Illán, realmente excepcional. Su gesto, preciso y expresivo, fue seguido –esta vez sí– por los músicos con verdadera atención y logró que salieran a la luz elocuentemente una inmensa variedad de afectos insertos en la partitura. Ni un compás quedó al margen su brillante dirección, con unas dinámicas, articulación y fraseo sensacionales. Si la vida es justa –y casi nunca lo es– esperan grandes triunfos a estos músicos.

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