La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Lun, 13 Mar, 2017

El tallador de camafeos

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HUGO MEYER / Beethoven ha cambiado la historia de la música; Max Bruch, no. La influencia del genio de Bonn es tan grande que sin su ingente legado muchos compositores de primera fila de diversas latitudes, como Schubert, Berlioz, Bruckner, Brahms o Smetana no habrían tenido un sendero musical tan transitable y de fiar y algunas de sus obras presentarían otra faz, aunque no sea fácil saber si serían aún más bellas, lo que no es poco, o al contrario. En cambio, si no hubiera existido la figura de Bruch en el devenir musical de Occidente se habrían perdido un puñado de obras bellas e inspiradas como Kol Nidrei, el Concierto para violín y viola, la Sinfonía nº 3 o, antes que ninguna otra, este famoso concierto violinístico. Sin embargo, ese mismo devenir no habría sufrido ninguna alteración apreciable.

Sea como fuere, los conciertos para violín de ambos músicos requieren pocas presentaciones por ser de sobra conocidos. Su tarjeta de visita podría estar incluso en blanco. No hagamos esperar pues a los intérpretes y pasemos directamente a hablar sobre su notable ejecución, cuyos méritos se reparten a tres bandas entre el violinista Salvatore Accardo, el director Kurt Masur y la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig.

El concierto de Beethoven es -junto a la Sinfonía Pastoral– una de sus obras más risueñas y, como muestra, un ejemplo del todo logrado. Sin notas de pacotilla, transiciones forzadas u octavaciones vacuas todo él rebosa palabra esencial, lo que es o debiera ser el sueño de cualquier melómano. Como violinista, tal vez Accardo carezca de la suprema belleza sonora de Kulenkampff, Bustabo, Mutter o Stern, pero no les va a la zaga en transparencia ni engrase del mecanismo. Su padre era tallador de camafeos, y parece que el hijo hubiese heredado el gusto por los primores de la orfebrería musical. Ornamentaciones, escalas, rebotes vertiginosos del arco… Accardo, como el insuperable paganiniano que ha sido siempre, tiene tan absorbido el meollo de la técnica que parece tocar desdeñando las tremebundas dificultades de esta obra como si sólo fueran minúsculos accidentes. En el caso de Bruch hace valer la cantabilidad del instrumento, como está mandado. En ambos parece como si llevara tocando el violín desde los 3 años, y es que en realidad, para pasmo de todos, lleva tocando el violín desde los 3 años. Quizá no esté de más añadir que continúa haciéndolo con 75, amén de dirigir orquestas. Eso sí, al margen de un Doble concierto de Brahms que tocó en Madrid hace mil años y de unas pocas visitas más, no viene a España ni aunque le sobornen ofreciéndole la envidiable nacionalidad de ustedes.

A veces, Kurt Masur, con sus paladas de cemento armado en los tutti, ofrece versiones un tanto monolíticas de aquello que dirige. Sin embargo, no estamos aquí frente a uno de esos casos, sino más bien al contrario, puesto que en repetidas ocasiones nos hace pensar en delicados ensamblajes de cámara. Masur tenía a Beethoven y a Bruch muy filtrados en sangre y sus versiones de las tres sinfonías y las Danzas suecas de Bruch, en concreto, son de absoluta referencia. La Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig, una de las más dúctiles de la vieja Europa y de la que él fuera maestro y Director Honorario, suena espléndida en todo momento y está dotada de una suave y atractiva pastosidad. Si a ello sumamos el sonido radiante al que nos tiene acostumbrados Pentatone, la pregunta, aunque sea casi obligada, suena a mera formulación retórica: ¿quién da más?

LUDWIG VAN BEETHOVEN: Concierto para violín y orquesta Op. 61 MAX BRUCH: Concierto para violín y orquesta Op. 26 / Salvatore Accardo, violín. Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. Director: Kurt Masur / PENTATONE / Ref.: PTC 5186 237 / (Grab. original de 1977, remasterizada en 2016) 1 CD

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