La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Mie, 8 Feb, 2017

En la muerte de José Luis Pérez de Arteaga: Son tantos recuerdos…

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JUAN LUCAS / Conocí a José Luis en el año 1991, durante una cena en un restaurante en la calle Huertas de Madrid que se había organizado en honor del compositor británico Peter Maxwell Davies, quien dirigía esos días una serie de conciertos a la ORTVE, cena a la que también asistió, entre otros, Luis de Pablo. Me fascinó inmediatamente el carisma de aquel tipo de aspecto tan peculiar  –su figura, marcada por esa inconfundible perilla, tenía algo intemporal, casi anacrónico- que parecía conocer no solo todos y cada uno de los entresijos del planeta música, sino que era poseedor de un talento especial para comunicar toda esa sapiencia. Yo era por entonces un recién llegado al mundo profesional de la música clásica; hacía pocos meses que había fundado una empresa de distribución de discos a la que llamé Diverdi, y aún no sabía que aquel personaje, dueño de una voz que ahora, después de conocer la increíble, insoportable noticia de su muerte, pasará sin duda al terreno de la leyenda, era ya por entonces uno de los mejores periodistas musicales que había dado este país. Tampoco sabía que, con el tiempo, aquel personaje a quien enseguida empecé a echar los tejos para que escribiera en un boletín de información discográfica que estaba proyectando, acabaría siendo uno de mis más queridos, entrañables y duraderos amigos. El pasado domingo teníamos que comer en su casa uno de los maravillosos cocidos madrileños que prepara de vez en cuando con mano maestra Almudena, su mujer (casi no me atrevo a escribir, su viuda).  Un par de días antes me llamó para decirme que el cocido se posponía unos días, pues le habían ingresado en el hospital (para una observación ‘rutinaria’). Jamás podría haber imaginado, ay, que ese cocido no tendría lugar, al menos no en este mundo. Querido José Luis, esto no se hace…

El mundo de la música clásica acaba de quedarse sin una de sus voces capitales, fundamentales, irreemplazables, irrepetibles. Pese a su juventud, José Luis se había tratado con todos los grandes maestros del pasado, desde Karajan y Bernstein a Giulini, Celibidache, Carlos Kleiber y George Szell; conversó con cada uno de ellos en su idioma, pues era políglota en un país y en una época en donde hasta los más cultivados tenían problemas para chapurrear un par de frases en inglés o francés (no digamos en alemán). Decir de él que ha sido el más grande especialista en Mahler que hemos tenido por estos pagos es un lugar común, pero es que era la pura verdad. José Luis lo sabía literalmente todo de su amado Gustav, y lo dejó escrito en un volumen imprescindible que fue publicado en su día en la colección de libros de la Fundación Scherzo. Su programa de Radio Clásica El mundo de la fonografía había adquirido en sí mismo un estatus de clásico. Cuesta imaginar las tardes de los sábados y los domingos sin la voz de Arteaga, como cuesta imaginar que el próximo concierto de Año Nuevo ya no será retransmitido por él. En realidad, lo que cuesta es imaginarse este pequeño universo nuestro de la gran música sin la voz, la sapiencia, el humor y la oceánica cultura de José Luis Pérez de Arteaga. El vacío que deja es difícil de calibrar, y mucho más en estas horas de zozobra en las que uno llora, más que a un enorme profesional o a un colega admirado, a un un amigo queridísimo.

He tenido la suerte de disfrutar de Arteaga durante más de un cuarto de siglo. Fue colaborador asiduo y entregado del Boletín de Diverdi, y ha sido una de las presencias más asiduas en las actividades de La Quinta de Mahler, un pequeño templo musical que, por razones obvias, él consideraba un poco propio. Hace apenas tres semanas acompañó a David Afkham en un encuentro con el público, y presentó el nuevo CD del pianista Eduardo Fernández. El 1 de marzo estaba previsto que comenzara un nuevo curso (tras los que ya realizó sobre Mahler y Shostakovich) dedicado esta vez a una de sus grandes especialidades, el arte de la dirección de orquesta, para el que ya había mucha gente apuntada.

En Scherzo, revista que actualmente tengo el honor de dirigir, ha sido un colaborador asiduo desde los tiempos gloriosos en los que Antonio Moral y un grupo de locos maravillosos echaron a andar el que a la postre ha sido el mejor proyecto periodístico musical de las últimas décadas en España. El otro día, cuando me llamó desde el hospital para posponer el cocido, me prometió para esta semana una extensa necrológica de Henry-Louis de La Grange, el gran biógrafo de Mahler que acababa de morir. La necrológica debería publicarse en el número de marzo. Cómo podría haber imaginado que una semana más tarde estaríamos, yo y tantos otros que le hemos querido y admirado, escribiendo su propio obituario.

Querido José Luis, querido cofrade, amigo del alma, permíteme el tópico y la obviedad, pero te voy a echar muchísimo de menos. Y no voy a ser el único. Hasta siempre.

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  1. Nunca he llorado con tanta intensidad escuchando el adagietto de la 5ª,nunca olvidare tu voz,y el amor que transmitías por la música. Gracias

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