La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

Entre lo religioso y lo teatral

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MARIANO ACERO RUILÓPEZ / Aunque permanece inédita para el melómano gran parte de la producción operística de Niccolò Jommelli (1714-1774) -y el reciente disco de arias firmado por Filippo Mineccia y Javier Illán, como siempre que con cuentagotas aparece alguna grabación con música del compositor napolitano, volvió a ponernos la miel en los labios-, parece que se prefieren reeditar grabaciones con unos cuantos años a la espalda. Y no es que la Pasión que ahora comentamos sea cualquier cosa, que merece la pena y mucho. Por eso, precisamente, por la calidad de la música que conocemos de Jommelli, nos gustaría poder adentrarnos más en los entresijos operísticos de un compositor que se sitúa en ese amplio e impreciso terreno entre el barroco y el clasicismo, que supo evolucionar estilísticamente, que coincide, en parte, en el tiempo con la obra reformada de Gluck y que gozó en su día de amplio reconocimiento en todos los lugares por donde pasó.

Pero vayamos con La Passione di Nuestro Signore Gesù Cristo. Tiene como base el libreto que Pietro Metastasio escribiera para Antonio Caldara en 1730, en el que los apóstoles Pedro y Juan, secundados por José de Arimatea y María Magdalena, rememoran los acontecimientos que han conducido a la muerte de su Maestro, a la vez que expresan los íntimos sentimientos que les sacuden e incluso atormentan para terminar proclamando su fe y esperanza en la Resurrección. Se reparten entre ellos 11 arias y un dúo (de Pedro y Magdalena; José de Arimatea sólo cuenta con dos intervenciones mayores), añadiendo, además, tres apariciones del coro. El reparto es muy equilibrado y sus prestaciones bordean en general el sobresaliente. Anke Herrmann (María Magdalena, soprano) y Jeffrey Francis (Pedro, tenor) tienen las arias más exigentes de la partitura y las resuelven con seguridad, facilidad y soltura. Hay que añadir su musicalidad y buen gusto. Como el exhibido por Debora Beronesi (Juan, mezzo-soprano), que borda su aria final expresando su confianza en la vuelta del Redentor. Y Maurizio Picconi (José de Arimatea, barítono) está a la altura.

Jommelli otorgó en su obra gran protagonismo a la orquesta y justo es reconocer que la Berliner Barock Akademie cumple su cometido excelentemente bajo la atenta batuta de Alessandro de Marchi, que imprime al conjunto de la obra un sentido más inclinado hacia lo teatral que hacia lo estrictamente religioso. Pero era eso lo que estaba ocurriendo en la música religiosa del momento, justo cuando el papa Benedicto XIV sancionaba en su encíclica preparatoria del Año Santo de 1750 la desaparición de toda discordia inter cantum ecclesiasticum et scaenicas modulationes, bendiciendo, por lo tanto, la invasión operística de las iglesias. Feliz reedición, pues. Si hubiera mantenido el amplio ensayo sobre el significado del compositor que acompañaba a la edición original, habría sido perfecta.

PAN 10376

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