La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

Hanelle, Graindelavoix y unas palpitantes vísperas chipriotas

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URKO SANGRONIZ / Jean Hanelle (c.1380-c.1436) fue un petit-vicaire de la catedral de Cambray que se trasladó a Chipre para trabajar en la corte francesa de los Lusignan. Hanelle llegó a la isla en 1411 con Carlota de Borbón-La Marche, la que se convertiría en segunda esposa de Jano de Chipre, y junto a su colega Gilet Velut, con el que trabajaría conjuntamente en la capilla de la corte. Al contrario que Velut, que abandonó la isla pocos años después, Hanelle permaneció allí durante más de 20 años, y según las recientes conclusiones del musicólogo Karl Kügle, entre 1434 y 1436 se hizo cargo de la supervisión del manuscrito J.II.9 que actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional Universitaria de Turín.

El valor de este manuscrito es incalculable, puesto que es la única fuente conocida de polifonía tardo-medieval del Mediterráneo oriental, además de ser una de las más destacadas joyas del Ars Subtilior. Kügle sostiene que aunque varias personas trabajaron en él como copistas de los textos, Hanelle fue el escriba principal. El códice contiene además una selección de las obras del autor y debía viajar a Italia junto a la delegación de la corte para el matrimonio entre Ana de Lusignan y el duque Luis de Savoya, para ser entregado a Pedro Avogadro de Brescia, aunque al final no llegó a manos de su destinatario.

Los motetes escogidos para este álbum, llamados “O” porque todos comienzan de esa manera, son los que acompañaban al Magnificat del servicio de Vísperas en la última semana de Adviento, y fueron reelaborados por su autor a partir de los modelos de canto llano original, que hoy permanecen perdidos. En este sentido, cada motete “tropado” es precedido por el que podría haber sido su canto llano original, elaborado aquí a partir de la línea del tenor siguiendo la sugerencia de Marcel Pères. En realidad, este ejercicio de audacia musicológica puede ser discutible, ya que los saltos inusuales en esa voz ponen en duda la legitimidad del procedimiento, pero constituye un atractivo y brillante ejercicio de creatividad, con un resultado sonoro que no deja de sorprender tras cada escucha.

Cabe añadir que estos motetes están escritos a cuatro voces, con el tenor y el contratenor como líneas más graves, a las que se les añaden las voces agudas del duplum y del triplum. Björn Schmelzer, al contrario que Paul van Nevel en su grabación de 1990, emplea cantantes en lugar de instrumentistas para las voces más graves, obteniendo así la inconfundible densidad en la textura y el sonido tan característico de Graindelavoix, especialmente cuando la tesitura de los graves permite el lucimiento de los bajos profundos. Las dos voces agudas encierran los textos originales, aunque estos aparecen tropados, y aquí se interpretan simultáneamente, práctica que confiere una mayor riqueza textual y rítmica a cada motete. En consecuencia, los paisajes sonoros, tan característicos del grupo y a los que se alude en las notas al disco, se escuchan aquí en todo su esplendor.

Otro detalle que engrandece el proyecto es la contextualización de los cantos llevada a cabo por Schmelzer y su conjunto, intercalando los motetes y el canto llano con ejemplos de la tradición maronita (Iglesia cristiana Siria) y los de la tradición árabe-bizantina y greco-bizantina. No debe olvidarse que en la Edad Media la minoritaria población católica de Chipre se instaló en Nicosia y en algunas ciudades costeras, y que desde allí ejerció su dominio sobre el resto de los habitantes de la isla, que vivían en el interior y profesaban la fe ortodoxa. El álbum pretende ilustrar esa cohabitación entre las distintas tradiciones y confesiones dentro del mismo espacio y sus alrededores.

El audaz ejercicio musicológico perdería enteros sin una interpretación de calidad que lo avalase, y sin duda estamos ante otro despliegue de recursos interpretativos y musicales fascinante –uno más- que Graindelavoix acostumbra a ofrecernos. Las ocho voces del conjunto, una femenina y siete masculinas, parecen gemir y suplicar con su canto en una suerte de trance canoro que todo lo envuelve y contagia, y del que resulta imposible abstraerse. Las inflexiones en la voz, desde las más leves hasta las más evidentes, la ornamentación, la emisión abierta y casi sin impostar, el canto de garganta rico en armónicos con sus resonancias de pecho, todo queda eclipsado por la emocionalidad de estas interpretaciones a tumba abierta y sin remisión. Sería imperdonable no destacar a Adrian Sîrbu entre el resto de cantantes, pues en las cuatro intervenciones solistas que nos regala demuestra por qué es una eminencia en la tradición bizantina. Y si no, ahí está Simeron ghennate ek Parthenou como muestra para los escépticos. En definitiva, todos disfrutarán con este álbum de una experiencia sonora y emotiva fuera de lo común, pero permítannos un consejo para los más puristas: no tengan prejuicios y déjense llevar por estos cantos multiformes y palpitantes que embelesan más cuanto más se escuchan.

GCD P32112

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