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Herreweghe o la solidez del clasicismo

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Universo Barroco. Madrid. Auditorio Nacional. 9-IV-2017. 18:00 horas. Collegium Vocale Gent. Philippe Herreweghe. J.S. Bach: Pasión según San Mateo

JAVIER SARRÍA PUEYO / Si el jueves la sala sinfónica del Auditorio Nacional presenció una interpretación por completo rompedora –y no exenta de polémica– de la Pasión según San Juan (Minkowski), en la tarde del domingo su espacio se llenó de nuevo con la otra pasión de Bach, la de Mateo, en manos de quien jamás nos hará enarcar las cejas con su aproximación, pero siempre garantizará la más canónica excelencia por encima de cualquier otra consideración: Philippe Herreweghe y su Collegium Vocale. Hace dos años nos visitó con la de Juan, logrando un resultado magnífico, y hoy reverdece laureles con gran facilidad. Creo que todos llegamos al concierto sabiendo que era imposible que el resultado nos defraudara, que la interpretación rozaría la perfección y que el elenco solista mostraría un elevadísimo nivel medio. Y así fue.

Como es bien sabido, Herreweghe pasa olímpicamente de la teoría OVPP y goza ofreciendo texturas más generosas (que no masivas) en sus lecturas de Bach. En esta ocasión empleó dos coros de tres cantantes por cuerda (SATB) y, al modo moderno, ha integrado a los ocho solistas (4 + 4) en cada uno de ellos, conforme a lo que sabemos de la práctica histórica. Sólo quedan fuera del canto coral el Evangelista y Jesús, por razones muy razonables que servidor entiende y comparte y el lector seguro que también. Herreweghe nos regaló la que ya puede considerarse su versión, esculpida en su segunda grabación para HM en 1998. Tras casi veinte años su concepto apenas ha cambiado. Y es fácil entenderlo, porque logra una combinación ideal entre expresividad, retórica y calidez. La compleja arquitectura de la obra, empezando con su doble coro inicial, se construye de una forma no sólo extraordinaria, sino además con aparente facilidad, lo que demuestra hasta qué punto los artistas convocados han interiorizado y hecho propia la composición. Hay fuerza, hay matiz, hay fluidez, hay mimo por el detalle más insignificante. Por lo demás, la disposición de los coros, formando sendos hemisemicírculos, como es norma en concierto, permitió una magnífica realización de los efectos antifonales.

El coro es, como he dicho alguna vez, de otro mundo. El empaste, la afinación, la capacidad para modular la expresión de cada frase, de cada palabra, la gloriosa sonoridad, la transparencia… todas esas virtudes y algunas más siguen caracterizando a uno de los mejores coros barrocos del mundo. Y de la orquesta cabe decir otro tanto. La conjunción, en la compleja división en dos coros, fue perfecta y mostró un compromiso extraordinario a lo largo de las casi tres horas de interpretación. Sus solistas fueron maravillosos sin excepción. Sorprendentemente gustó mucho Romina Lischka en sus dos comprometidas intervenciones con la viola da gamba, aunque las mayores alabanzas deben recaer sobre Christine Busch, quien nos brindó un Erbarme dich colmado de deslumbrante lirismo; Baptiste López, en su compleja intervención en Gebt mir meinem Jesum wieder!; el flautista Patrick Beuckels y ¡señores, quítense el sombrero! Marcel Ponseele, quien, como siempre, nos emocionó con sus oboes (estos dos últimos nos llevaron al cielo en esa maravilla que es Aus Liebe).

El reparto vocal fue de un nivel medio altísimo, aunque, como es inevitable, hubo sus más y sus menos. Debemos tener en cuenta que, si se quiere respetar la arquitectura bachiana, es preciso contar con diez solistas de categoría y eso, claro está, no es sencillo. Pero, reitero, resulta casi imposible –salvo en un mundo ideal– superar el listón aquí escuchado. Damien Guillon canta estupendamente y, aunque no posee un timbre especialmente grato, fue bordando cada una de sus intervenciones, culminando con un demoledor Erbarme dich, perfecta mezcla de depurado canto y desgarradora expresividad. Además, afortunadamente ha superado los problemas de proyección que lastraron en un punto su intervención de 2015. Grace Davidson, en su única aria (Blute nur!) muestra su maravilloso timbre, muy próximo al de un muchacho soprano, pero con todas las ventajas de una cantante adulta. Una voz muy pura, pero con mayor riqueza de armónicos. Tiene una afinación impoluta y canta con seriedad, pero quizá con un punto de ingenuidad que vuelve a acercarnos al universo infantil. Una voz perfecta para Bach. Mi admirada Dorothee Mields está sencillamente perfecta. Su voz es más carnosa que la de Davidson y demuestra que es una de las mejores sopranos bachianas de los últimos veinte años. Su voz es de una belleza asombrosa, muy ligera, pero con espléndidos tonos plateados que le proporcionan gran riqueza. Ágil, con espléndida técnica y un fraseo cuidadísimo y comunicativo, fue uno de los platos fuertes del concierto. Será difícil de olvidar su Aus Liebe, en la que logra una increíble suspensión temporal al realizar una música en verdad etérea, aérea. Junto a Guillon hizo maravillas en el dúo con coro So ist mein Jesu, con unas imprevistas, cortantes, tajantes intervenciones del coro. Thomas Hobbs desempeñó con gran calidad su cometido, como también Tobias Berndt, muy sólido (Evangelista y Jesús, respectivamente, hace dos años). Me decepcionó bastante Alex Potter, a quien hasta ahora sólo había escuchado en disco. En su Können Tränen se mostró un poco ahogado por arriba, mejorando considerablemente en los graves. Emitió de una forma muy extraña y me recordó demasiado, también en sus defectos, a James Bowman. Fantástico Reinoud Van Mechelen un tenor agudo todoterreno, igualmente cómodo en los papeles heroicos de haute-contre que en el Bach más ascético. Anoche pudimos disfrutar de su inigualable sentido del fraseo.

Florian Boesch cuenta con una bella voz dotada de buenos graves y compuso un Jesús todo majestad, gravedad y nobleza. Me atrevo a decir que a veces casi se decanta hacia lo autoritario, obviando esa veta tan humana, transida de humildad (el cordero sacrificial) que posee su personaje. No obstante, transmite muy bien la angustia por su muerte próxima y atroz en el Huerto de los Olivos y emociona en su Mein freund, dirigido a Judas, cuando éste lo besa como señal para su prendimiento: Boesch transmite magníficamente esa especial tristeza llena de decepción. El Evangelista de Maximilian Schmitt, con clara y bella voz de gran ligereza, raya a gran altura, mostrando un estupendo sentido dramático, aunque evita cualquier vuelta de tuerca que pudiera entenderse por alguno como amaneramiento o exageración. Perfecto para la concepción de Herreweghe.

El público ovacionó de lo lindo a nuestros artistas, con gran justicia y merecimiento. El del domingo fue uno de esos conciertos a los que se va a escuchar un clásico en manos de otro clásico. Todo sobresaliente; sorpresas, ninguna. Y muchos dirán: ¿sorpresas? ¿para qué?

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