La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Vie, 21 Abr, 2017

Hewitt, o la elegancia al piano

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BLANCA GUTIÉRREZ / El martes pasado fue una tarde que recordarán muchos madrileños, y como se imaginarán si están leyendo estas líneas, no me refiero a los seguidores del Atlético de Madrid y del Real Madrid, dichosos semifinalistas de la Champion League esa noche.

Se presentaba por primera vez  ante los aficionados madrileños (dentro del Ciclo de Grandes Intérpretes, de la Fundación Scherzo) la pianista canadiense Angela Hewitt, artista de prestigiosa y  sólida carrera. Música precoz, a los 3 años comenzó a tocar el piano y a los 9 dio su primer concierto, en 1985 ganó el primer premio en la Toronto International Bach Piano Competition y desde entonces es habitual de los más importantes escenarios internacionales y de los estudios de grabación.

Reconocida internacionalmente por sus interpretaciones y grabaciones de la música de J. S. Bach, eligió para el recital del martes dos Partitas del genio de Eisenach, las nº 1 y nº 4, que acompañó en la segunda parte con una selección de 5 Sonatas de Domenico Scarlatti, la Sonatine de Ravel y la Bourrée fantasque de Chabrier. Un programa ecléctico, que llevó a la intriga a algunos de los espectadores que no conocían la gran afinidad que esta experta en Bach posee también con el repertorio francés.

La interpretación de las dos Partitas fue no una revelación (como hemos comentado, Hewitt es reconocida como uno de los mejores intérpretes de Bach de nuestros días), sino el reconocimiento de su supremacía, una supremacía elegante y refinada, que no necesita de aspavientos ni del espectáculo vacuo, una maestría que nace de lo profundo del músico artista.

Porque lo mismo que un poeta emplea palabras similares a las que puedo utilizar yo en este artículo, pero con su genio logra dotarlas de un nuevo sentido, expresión y sentimiento, los verdaderos músicos artistas son capaces, no sólo de encadenar una nota tras otra, sino de hacerlas vivir, respirar, y logran transmitir la esencia de la música, que es sentimiento y poesía y belleza, un cierto tipo de ella.

Pudimos escuchar un Bach alegre, danzante, gozador de la música, que en los dedos de Hewitt saltó y brilló y bailó a través del teclado. Nos entregó un Bach ligero, aunque la manera de tocar de la canadiense dota de sentido a esta música “menor”. Maestra en la administración de los tempi, Hewitt sabe que la mesura y las pausas son tan fundamentales como la vivacidad para que esta música, una arquitectura elaborada nota a nota, alcance la musicalidad que le permite elevarse creando en el aire un encaje liviano pero firme y atemporal.

En las Sonatas de Scarlatti Hewitt continuó jugando con el piano, transmitiendo la luminosidad extraordinaria que tienen algunas piezas de teclado escritas originariamente para clave cuando son interpretadas por músicos de mente, corazón y dedos ágiles. Es cierto que hay una liviandad en estas piezas de Scarlatti que no hay siquiera en las más jocosas de Bach, pero la fecundidad llena de ideas del compositor italoespañol no es nunca banal aunque sea ligera.

Y de pronto, la música de Ravel, la fluidez del lenguaje impresionismo, un río de notas en los que ya no hay la arquitectura rígida de las piezas anteriores, sino líneas difusas, sin definir. Pero no faltas de personalidad, porque en esta música el teclado puede encresparse, vibrar y agitarse, para luego volver a la tranquilidad; este piano ya moderno se agita (pero sin los aspavientos del romanticismo), y refleja una humanidad distinta, más inquieta, menos segura del orden de las cosas. Todo bajo la sabia mano de Hewitt, capaz de dosificar cada expresión y cada sentimiento.

La breve pieza de Chabrier sirvió para demostrar que puede haber elegancia incluso en el exceso, y cómo se puede manejar desde el teclado la exageración, pero sin parodia, con burla discreta.

Y como única propina, un Claro de luna de Debussy que dejó embelesado al público, poético, nítido, susurrante…como tiene que ser.

En definitiva, un recital para el recuerdo, en el que disfrutamos de un pianismo pleno de destreza y también de poesía, de ligereza de dedos, sí, pero con un sentido de la musicalidad extraordinario. Todo ello envuelto en un gesto elegantísimo, el de una pianista que vive la música sin necesidad de aspavientos.

Y salimos con una lección aprendida: ¿Por qué añorar el clave si tenemos un piano como el de Angela Hewitt?

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