La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Mie, 10 Feb, 2016

‘Juan José’, Verismo a la española

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FERNANDO FRAGA /

En una carta de 1978 del entonces Director General de la Música, Jesús Aguirre, dirigida a Pablo Sorozábal, se aceptaba oficialmente el estreno de su Juan José tras catorce años sin que la escena conociera una nueva obra del popular compositor vasco. Estreno escénico que habría de esperar casi cuarenta años para hacerse realidad en el Teatro de la Zarzuela. En concierto se interpretó en el Kursaal de San Sebastián en febrero de 2009, dirigida por José Luis Estellés y cantada por Manuel Lanza, Ana María Sánchez y José Luis Sola. Oportunidad para que de ella se realizara un registro discográfico.

Las razones de aquel estreno fallido -el desacuerdo entre Sorozábal y la autoridad competente-  las incluye el compositor en su autobiografía Mi vida y mi obra  publicada en mayo de 1986 por la Fundación Banco Exterior. La prensa de la época también se hizo eco de la discordia. No viene al caso recordarlo, pero sí comentar (a título muy particular) que, a posteriori, da la impresión  de  cierto descuido  por ambas partes en no ponerse de acuerdo, en no disponerse a entablar un diálogo serio o, al menos, productivo. No hay que olvidar tampoco el peculiar, difícil carácter de Sorozábal.

Por fin llega a la escena esta partitura interesante del autor de  las perennes La del manojo de rosas, Katiuska o La tabernera del puerto, probablemente puesta en marcha tras el esmerado remate del músico vasco a la inconclusa Pepita Jiménez del colega  gerundés Isaac Albéniz.

Precedida por la pequeña joya Adiós a la bohemia a partir del texto de Pío Baroja,  Juan José, por su tema y por la manera en que está  musicalmente tratado, es una obra que se encuadra sin esfuerzos en la corriente italiana, y luego europea, llamada Verismo. Una corriente inventada por Mascagni, codificada por Leoncavallo y seguida en parte de sus obras por Puccini, Giordano, Cilea, Smareglia y otros. Fue una estética más bien asociada a obras en particular, y no a músicos en general.

En Juan José, Sorozábal  mantiene su lenguaje perfectamente tonal con alguna que otra audacia en una orquestación rica y en directa relación con el mensaje canoro del solista vocal, por donde se pasea algún que otro eco del mundo de Falla. Adapta la obra teatral de Joaquín Dicenta (estrenada en 1895, o sea en plena eclosión del Verismo), con la pericia propia de un músico con vocación escénica, dándose cuenta de que la original estructura teatral ha de ser reducida y adaptada a las necesidades de una obra cantada. Para ello hace uso de un recitado melódico de desarrollo fluido que se expande, según el progreso de la acción y el devenir dramático, en un cantable de mayor amplitud, con ariosos que casi parecen concretarse en arias. Ello le permite redondear la psicología del personaje y dar lucimiento al cantante. Hay algunos dúos, tan distintos como el del tenor y la soprano en el primer acto -donde el ritmo de un sofisticado chotis da de improviso a la obra un colorido local- y otro, muy tenso, entre soprano y barítono en el acto segundo. El entramado orquestal y dramático viene tejido a través de un ordenado recurso de motivos conductores, sabiamente regulados con la astucia musical de un compositor que domina el oficio.

La escritura vocal es de una enorme exigencia, y se adapta a las tensas situaciones que viven los tres principales protagonistas (el titular, Rosa y Paco), el típico terceto operístico del XIX (respectivamente, barítono, soprano y tenor). Dos hombres rivalizan por el amor de una mujer y la cosa acaba en tragedia. Aunque el responsable se empeñó en denominarla “drama lírico popular”, en realidad es una ópera  y muchos aficionados al género agradecerán que el modelo sea el tradicional, dada la ambigüedad que han adquirido algunos de los productos  más o menos actuales que bajo el calificativo de ‘ópera’ incluyen partituras que no son nada. Juan José es, al menos, algo. Y bueno. Puede que  exista la tentación de calificarlo de trasnochado, anacrónico… Pero uno recuerda aquí la máxima de Verdi cuando preconizaba, en un momento de sucederse una continua renovación de estéticas, que había que  “tornare all’antico”: volver al pasado.

La versión ofrecida en el Teatro de la Zarzuela fue en general sobresaliente. Todos los personajes, hasta los de apoyo (Néstor Losán, Ricardo Muñiz, Lorenzo Moncloa… ) estuvieron bien servidos en un montaje de José Carlos Plaza que narra con eficacia la pieza. Los decorados de toque levemente expresionista firmados por Paco Leal son sobrios y funcionales, de un colorido gris  y opaco como la vida de los personajes, en medio de los cuales el ajustado vestuario de Pedro Moreno hizo el resto.

Dirección pertinente de Gómez Martínez, siempre atenta al solista y a destacar la cuidada escritura instrumental. Pocas veces se ha escuchado con tanta claridad a los cantantes en un teatro donde el estruendo orquestal suele sonar, a menudo, muy por encima de las voces en un repertorio donde ellas son el elemento más importante.

Carmen Solís tiene la voz de soprano spinto que demanda Rosa, y un hermoso y homogéneo bagaje instrumental. Esta joven cantante, que añade además temperamento y musicalidad en parte difícil donde las haya, supera con creces todas las dificultades. Lo mismo que el Juan José de Ángel Ódena, el papel más pesado de la partitura. Con su voz robusta, potente y de noble colorido dio al personaje la completa estatura vocal, a más de escénica, que necesita. Por esta vez, su habitual propensión a forzar unos medios naturalmente generosos tuvo justificación y logros.

La bonita voz de Antonio Gandía pasó apuros en el primer acto, en donde la escritura de Paco es demasiado incómoda para sus medios esencialmente líricos. Pese a ello superó la prueba, con generosidad incluso, aunque su cuidado canto quedó mejor reflejado en el acto final, donde la línea vocal se adapta más a su tenorabilidad.

Milagros Martín, actriz de recursos, cantante hábil por recursos y experiencia, puso los matices necesarios para las directas frases que tan bien definen la personalidad de la alcahueta Isidra. Silvia Vázquez describió con propiedad a la bondadosa Toñuela, aunque su voz, algo ligera, daba la sensación de no ser la más indicada para ello. Rubén Amoretti realzó al rudo pero cordial Andrés, luciendo un timbre redondo y sonoro en toda su actuación, y en particular -porque la partitura lo permite- en su relato del segundo acto. Ivo Stanchev destacó como Cano en su única aparición escénica por sus importantes medios vocales e intencionados  modales escénicos.

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