La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Lun, 25 Ene, 2016

La Partenope que no naufragó de puro milagro

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JAVIER SARRÍA PUEYO /

Semanas antes de que el reloj marcase ayer las 19:30 horas ya se sabía que Riccardo Minasi, concertino, director y alma mater del conjunto Il Pomo d’Oro no iba a dirigir el concierto que anoche presentaba por primera vez en España la Partenope haendeliana. La excusa oficial que Antonio del Moral ofreció al público del Auditorio Nacional fue que poco antes había fallecido su padre, pero lo cierto es que en diciembre una nota de prensa de la dirección administrativa del conjunto italiano había anunciado que ambas partes daban por finalizada su relación (de forma nada amistosa, según se cuenta por ahí). Así que el clavecinista habitual del grupo –y también director– asumió la tarea. Bien. Una semana antes del concierto se sabía también que Philippe Jaroussky cancelaba todos los conciertos de la gira (Madrid incluido) a causa igualmente de la muerte de su padre (esta vez causa real de la baja). Los gestores del auditorio aquí estuvieron ágiles y tuvieron mucha suerte, pues lograron que sustituyese Lawrence Zazzo, uno de los grandes contratenores de la última década, quien no sólo tiene Arsace en repertorio, sino que es uno de sus papeles fetiche, habiendo grabado la ópera hace justo diez años. Sin embargo, los malvados hados del destino debieron de considerar que, puestos a hacer la puñeta, se hacía en serio, así que hace ahora tres días el veterano tenor británico John Mark Ainsley comenzó a sentir una afección respiratoria que ha desembocado en bronquitis. La inmediatez de la desgracia impidió una sustitución de última hora, por lo que su papel –Emilio-, uno de los mejores y más extensos que Haendel dedicase a un tenor en una ópera, hubo de recortarse hasta quedar reducido a la primera sección de un aria, los recitativos, coros y conjuntos. Esto de los cortes, por cierto, fue otro de los lastres de la noche. Así, junto a los de Ainsley se anunciaron cortes en un aria de Arsace y otra de Partenope previstos originalmente y que uno no supo a qué obedecían. Todo esto sobre una partitura ya debidamente afeitada. Lo peor es que a lo largo de la representación uno percibía más cortes todavía, ni anunciados, ni mucho menos justificados, que afectaban a casi todos los personajes, incluyendo Armindo (¿?), con secciones B y da capos que desaparecían por arte de magia, culminando con Ch’io parta? Sì, crudele, la mejor aria de la composición, que se quedó sólo en la primera sección (¡!). Impresentable. Porque uno entiende que tres horas y media de música es mucho tiempo, pero… ¿cortar lo mejor? Eso es mal gusto. Con estos antecedentes, la noche parecía abocada al desastre y, sin embargo, se salvó de manera no sólo airosa, sino incluso notable, como vamos a ver más adelante.

Partenope es una ópera en verdad preciosa, libre de momentos mínimamente aburridos, con una música excelente y un texto, adaptado a partir de un original de Silvio Stampiglia, que se sigue con facilidad y, para los cánones de la época, muy digerible. Quizá el carácter del libreto, un tanto inclasificable (¿semiserio, irónico, antiheroico?), que narra los avatares de la sirena Partenope, mítica fundadora de Nápoles, con sus tres pretendientes y el antiguo amor de uno de ellos, disfrazado para la ocasión, hizo mucho por negarle éxito, en su estreno y hoy. No obstante, los conocedores siempre han alabado las virtudes de la composición y fue una de las primeras grabadas con criterios historicistas (Sigiswald Kuijken, DHM, 1979). Desde entonces la industria ha sido cicatera y nos ha dado sólo dos grabaciones, la dirigida por Christian Curnyn (Chandos, 2005) y la que hace sólo unos meses salió al mercado en Erato, cuyos mimbres constituyen la base de los conciertos de la gira que anoche culminaba en Madrid.

El clavecinista Maxim Emelyanychev tiene ya amplia experiencia en la dirección, con Il Pomo d’Oro y sin él, por lo que en absoluto se notó la ausencia de una mano conductora y supo coordinar y poner las pilas a la orquesta de un modo impecable; se notaron detalles propios ausentes en la grabación, aunque, como es lógico, recogió gran parte del trabajo ya hecho. En este sentido bien puede decirse que nada hay que lamentar por el cambio. La formación orquestal de Il Pomo d’Oro es, básicamente, el último Il Compesso Barocco del difunto Alan Curtis y, al escucharla (aquí y en otros momentos), uno se da cuenta, frente a quienes afirman que en la música antigua los músicos tocan solos, esté quien esté al frente, de la importancia del director también en este tipo de agrupaciones, pues lo que en el fallecido estadounidense era pura y constante sosería, aquí se convierte en pasión y dinamismo. Calidad e intención definieron la excelente intervención orquestal anoche. Y también cicatería, la verdad. La formación de cuerda se presentó con el mínimo imprescindible: cuatro primeros y otros tantos segundos violines, dos violas, dos chelos y un contrabajo, a lo que hay que añadir dos claves, fagot, dos oboes –uno doblando con flauta dulce–, dos trompas para el aria cinegética de Rosmira con la que concluye el primer acto, y una trompeta para la música bélica y el duelo del acto tercero. Sin embargo, aquí faltaron cosas. Para empezar, la exclusión de un instrumento de cuerda pulsada para el continuo es, a fecha de hoy, simplemente lamentable. Pero es que Haendel, quien en sus óperas, por lo general, buscó sutiles efectos tímbricos para momentos muy determinados, exigió instrumentos aquí ausentes. La falta de percusión en los momentos en que actúa la trompeta podemos clasificarla como pecado venial, sin embargo, que se prescindiera de la viola d’amore es pecado mortal. Y que se ahorraran los dos traversos en la divina Ma quai note di mesti lamenti es directamente denunciable. En este caso una nefasta consecuencia fue que se trató de sustituir el acompañamiento original por una combinación de oboe y flauta dulce, que no empastaban ni a tiros, provocando momentos dolorosos para el oído y muy apurados para los músicos. En fin, un despropósito.

Karina Gauvin abordó con calidad y profesionalidad un papel homogéneamente alegre y pizpireto. Ni un aria de dolor, de angustia o de furia, todo es alegre magnanimidad en la sirena Partenope. Tiene buen volumen, un muy buen fraseo y carece de altibajos que lastren su interpretación. Cierto es que tiene un vibrato fijo, aunque muy pequeño, que es impropio del repertorio, aunque a mí no me molesta en particular, y que no se entiende ni una palabra de las que canta –lo mismo podría estar cantando en chino–, emborronando un tanto la emisión, pero las virtudes superan con creces los defectos de una gran señora de la escena barroca, que hizo una deliciosa Qual farfalletta, su principal aria, procedente de la cantata romana Tra le fiamme.

Lawrence Zazzo fue la gran expectación de la noche, para los que no lo conocían y para quienes le seguimos desde sus inicios, en vivo y el disco. El papel de Arsace le viene como anillo al dedo y, como ya se ha dicho, lo domina desde hace una década. Su interpretación grabada nos asombró a muchos y anoche volvió a dar el campanazo. Posee un volumen envidiable y, a pesar de pertenecer a la escuela norteamericana, dada a excesos de todo tipo (ejemplo de ello es David Daniels), ha sabido cuidar la voz, que mantiene su frescura y elasticidad. Es un cantante que, a pesar de cierta tendencia al descontrol y al grito en algún momento, subyuga por su dominio del arte del fraseo. No existe otro contratenor que moldee cada palabra, cada sílaba, para proporcionarle sentido, variando constantemente la expresión, haciendo uso de toda la panoplia de recursos canoros históricos. Desde su inicial O Eurimene ha l’idea di Rosmira –un aria no especialmente interesante que, en sus manos, cobra nueva vida– da una verdadera lección de retórica barroca. Domina la imposible coloratura de Furibondo spira il vento, una de las más complicadas del sajón y llega directo al corazón en la desolada Ma quai note di mesti lamenti y en la dolorosa y tierna al tiempo Ch’io parta? Sì, crudele, de intensa belleza, que nos dejó con la miel en los labios y bastante cabreados al comprobar los sádicos cortes operados.

Emőke Barath es una de las grandes sopranos actuales del repertorio barroco y domina tanto la música francesa como la italiana. Anoche lo demostró con creces, siendo, probablemente, lo más perfecto del reparto, como ya prometió en disco. Su rol es contenido, tímido, dubitativo, delicado, poco dado a excesos, por lo que carece de arias de lucimiento y eso se reflejó, muy injustamente, en la ausencia de aplausos en sus arias. Sin embargo quizá la gran ovación debió de ser para ella, pues técnica y expresivamente estuvo sensacional.

De Ainsley no se puede hacer comentario alguno, pues su papel quedó reducido, como hemos visto, a lo anecdótico. Kate Aldrich asumió el papel de Rosmira, apasionada amante abandonada por Arsace. Se necesita una mezzo bien dotada y con mucho carácter. En disco todos nos quedamos asombrados con la fantástica Teresa Iervolino, una cantante llamada a hacer grandes cosas, pero para la gira, por razones inexplicables, se acudió a la inglesa. Bien; para resumir: un desastre. Tiene un vibrato fijo, rápido –caprino podríamos decir– y bien sonoro que constituye un verdadero tormento. Pero, lo que es peor, carece de volumen y proyección. La orquesta se la come con patatas en todas sus intervenciones y en su espectacular Io seguo sol fiero queda enanizada. Cantante, por lo demás, discreta, carece de toda virtud destacable que compense sus graves defectos. Por último Victor Sicard está cumplidor en el poco relevante papel de Ormonte.

A pesar de los pesares, los concurrentes lograron, con sus peros, que esta nave llena de boquetes llegase a buen puerto, permitiendo que pasásemos una noche entretenida con muchos momentos muy disfrutables y hasta sublimes. Casi de milagro.

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