La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

La sombra de Corelli es alargada

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JAVIER SARRÍA PUEYO / Cada vez está más asentada la certera consideración de la grandeza de Arcangelo Corelli, cuyo legado alcanzó a un número asombroso de compositores coetáneos y posteriores.

Hoy la casa Chandos nos propone un interesantísimo recorrido por la música concertante de tres compositores muy poco frecuentados, pero de gran talento: Giuseppe Valentini, Antonio Montanari y Giovanni Mossi. ¿Su conexión? Haber trabajado los tres como violinistas en la orquesta de Corelli, lo que conlleva la marca indeleble del maestro de Fusignano y su adscripción a la escuela instrumental romana por él forjada.

Los conciertos presentan una estructura basada en la mencionada tradición romana: la del concerto grosso, basado en la contraposición del concertino (un trío de dos violines y violonchelo) y el ripieno, tutti o grosso, esto es, el acompañamiento de la cuerda a cuatro partes (dos violines, viola y bajo continuo). Tradición romana, por cierto, que no tiene su origen en Roma, sino en Bolonia, con maestros como Giuseppe Torelli y Alessandro Stradella, primer compositor del que se tiene certeza documental de haber compuesto para esa formación instrumental (Amanti, olà, olà!). Pero lo cierto es que Corelli, también formado en Bolonia, consolidó y canonizó esta forma, llevándola hasta la cima de la perfección en sus póstumos conciertos de la op. 6, publicados en 1714, aunque compuestos décadas antes, por lo que fue la Roma del cambio de siglo la que popularizó y exportó el género (Haendel).

Dentro de esta estructura general, sin embargo, se aprecian en las composiciones grabadas grandes variaciones. Se apartan de ella los dos conciertos de Mossi, quien prescinde de la viola y, en cambio, emplea cuatro violines solistas y otros cuatro en el ripieno, como también Montanari, en el muy boloñés nº 2 de la op. 1. Incluso dentro de la estructura canónica, se emplean con frecuencia los cuatro violines como solistas (Valentini) o prepondera uno solo a la manera veneciana (Montanari) o bien se prescinde del movimiento introductorio, también tradicional en el concerto grosso (nº 11 de la op. 4 de Mossi).

Al margen de estas cuestiones más bien técnicas, la música es sobresaliente sin excepción, con momentos en verdad memorables, como el Adagio del concierto nº 11 de Mossi, de una extraordinaria expresividad, o el imponente Adagio II del nº 6 de Montanari, con su impactante unísono contestado por un suplicante violín, muy reminiscente de Haendel (como ocurre con el fugado del nº 7; aunque, para que no me regañe mi querido y admirado Mariano Acero, dejo aquí la hipótesis contraria: ¿no sería Montanari quien influenció a Haendel?). O el concierto de Valentini, con su alucinante fuga y su ferocidad expresiva. O, finalmente, esa corelliana preciosidad que es el nº 12 de Mossi, que comparte con el maestro la suave y apolínea belleza.

A pesar de no ser compositores frecuentados, sólo uno de los conciertos presentados en el disco es –con cautela y hasta donde yo sé– primicia mundial, el op. 1, nº 2 de Montanari, pues los nº 6 y 7 los grabó el Ensemble Diderot no hace mucho. El fastuoso de Valentini lo grabaron, desde presupuestos diametralmente opuestos, Musica Antiqua Köln y el Ensemble 415; el op. 4, nº 12 de Mossi lo grabó Goebel en el mismo disco que el anterior y con el nº 11 hizo lo propio Riccardo Minasi con la EUBO.

Hacía tiempo que Simon Standage y su Collegium Musicum 90 no grababan música italiana, tal vez porque su espíritu excesivamente inglés casaba mal con los gustos actuales por el vigor meridional. Y puede decirse que el paso del tiempo les ha sentado pero que muy bien. Aunque probablemente Standage sea quien más haya recargado pilas, pues últimamente se le podía escuchar más como concertino en otras agrupaciones (Haydn Sinfonietta Wien o la Orfeo Orchestra) que con su propio conjunto. Opta por emplear un solo instrumento por parte, sin doblar el ripieno, opción legítima, aunque resta algo de fuerza al tutti. Y, como se ha dicho, ¡a la vejez, viruelas! Apenas queda rastro de la proverbial blandura y sosería de quien fue mítico concertino de The English Concert. Entiéndaseme bien: se han escuchado versiones bastante más animadas e intensas, pero la elegancia y el encanto, imprescindibles en este repertorio, están servidas a pedir de boca y existe genuina fuerza en la concepción y ejecución, bien perceptible, por ejemplo, en Valentini. Un disco muy gustoso.

CHAN 0818

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