La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Mie, 15 Mar, 2017

Manon vuelve a Turín

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FERNANDO FRAGA / El éxito que tanto se le resistía lo consiguió Giacomo Puccini con su tercera ópera, Manon Lescaut, después de los dos intentos que supusieron Le Villi y Edgar, acogidas con moderado interés y respeto pero sin entusiasmo. Con esta Manon iba a competir en los escenarios  con otra anterior, francesa y de Jules Massenet, estrenada en París en 1884 y ya escuchada en italiano en Milán en 1893 el mismo año que nació la pucciniana.

Efectivamente, Turín el 1 de febrero de ese 1893 daba salida a la nueva obra del luqués con un triunfo indiscutible que daría fama universal al compositor, puesto que enseguida se daría a conocer en Buenos Aires, Rio de Janeiro, San Petersburgo y Hamburgo (el mismo 1893), Lisboa, Budapest, Praga, Londres, Filadelfia y México (1894), Varsovia, Nueva York, Atenas, Amsterdam… El Real madrileño la dio a conocer el mismo año del estreno turinés, exactamente en noviembre de 1893, con la sensual Hariclea Darclée y al Liceo llegó en 1896 con otra cantante mítica, Eva Tetrazzini. Era la primera partitura pucciniana que se estrenaba en el teatro barcelonés.

El Palacio de la Prensa de Madrid, en su actual y nutrida programación operística, nos ha llevado al Teatro Regio de Turín el 14 de este marzo de 2017. Desde allí en directo se ha podido disfrutar de una solvente función de esta ópera. El Regio de Turín estuvo unos años cerrado desde su incendio en 1936 en medio de las representaciones de Otello; no se volvería a abrir hasta 1973 con un montaje de otra obra verdiana, I vespri siciliani, en acontecimiento muy mediático ya que la dirección escénica estuvo a cargo de Maria Callas y Giuseppe di Stefano.  La primera y única experiencia en este apartado lírico de la Divina.

Desde entonces, poco a poco, el Regio ha ido ocupando el puesto perdido entre los demás importantes escenarios italianos donde, con la perenne e indudable supremacía de la Scala milanesa, emergen con destacable valor las temporadas de Bolonia y Venecia; no tanto las de Nápoles, Génova, Roma y otras más, donde pueden incluirse las sesiones veraniegas de los festivales de Verona, Pesaro, Macerata y Martina Franca.

Por suerte las funciones turinesas no se han dejado contaminar, de momento y en general la mayoría de los teatros italianos, con los montajes de vienen del norte o del oeste de la Península italiana, es decir, esos de los directores de teatro en prosa o verso que se pasan al mundo de la ópera por la mayor posibilidad de difusión de sus trabajos y con la sensación, considerados los habituales resultados, de que no conocen las reglas de juego de este género musical o, lo que es peor,  no les gusta, no les interesa, les irrita o les molesta.

Por suerte, además, Italia dispone de directores de escena suficientemente preparados para representar óperas de la manera más tradicional, responsable y respetuosa.

Respecto a este montaje de Turín se ha dado una extraña conjunción. Cuando se estrenó en 2006 figuraba como director de escena Jean Reno, el bien conocido actor de cine francés de origen español, (el de Léon o Los visitantes, entre otros muchos filmes) en el que era su primer trabajo operístico. Des Grieux iba a ser cantado por Roberto Alagna, amigo de Reno, pero canceló y en su lugar estrenó la producción Keith Olsen.

Once años después, al reponerse esta Manon Lescaut el nombre de Reno ha desaparecido totalmente, mientras se utilizan los mismos decorados de Thierry Flamand y el vestuario de Christian Gasc, figurando ahora como responsable de la escenificación Vittorio Borrelli, un sólido profesional que trabaja normalmente en su tierra italiana, especialmente en Turín, donde en estos último años ha puesto en pie obras de Rossini, Donizetti y Chaikovski

Borrelli ha hecho una buena labor, tradicional y cuidada, en la que cada acto respondía perfectamente a las indicaciones del libreto, con los decorados que corresponden a la historia (diestramente iluminados por Didier Flamant con un especial acierto en el acto I) y con vestuario en perfecta concordancia, todo de un colorido brillante como es la música pucciniana.

El coro (excelente, por cierto) y la figuración estuvieron muy bien manejados, así como los cantantes, sin estar obligados a movimientos incómodos e inadecuados. Un espectáculo disfrutable de principio a fin, de conveniente desarrollo teatral y sobre todo respetuoso del argumento.

Gianandrea Noseda, a quien hay que darle el mérito de la mayor importancia que está adquiriendo el teatro turinés desde que es su director musical, fue el principal protagonista de la velada. La orquesta no podía exponer mejor la música de Puccini. Una orquesta que  aclaraba y potenciaba lo que en la escena sucedía y “cantaba”, como ha de cantar siempre en Puccini, tanto o más que los solistas los cuales, desde el foso encontraron ese imprescindible apoyo que en las partituras del luqués parecer ser más necesario de lo normal.

María José Siri, quien hace unos meses inauguró la Scala con una Butterfly dirigida por Riccardo Chailly  asimismo ofrecida a través de las pantallas cinematográficas, volvió a dar cuenta de la calidad de su voz (uniforme, rica de armónicos, bella, extensa). No tuvo ningún problema de tipo instrumental para enfrentarse con esta espléndida heroína.

Por el lado canoro no hubo problemas, pero por el expresivo su rendimiento mejoró a partir de la mitad del acto III, cuando el personaje se hace más dramático dadas las circunstancias que ha de soportar, con un rendimiento sobresaliente durante todo el cuarto. En el acto I, donde el cometido de Manon es de mayor lirismo no pudo evitar cierta monotonía, un canto algo cuadrado y mecánico que se mantuvo durante una buena parte del segundo.

En parecida reciprocidad estuvo Gregory Kunde a quien se le echó en falta mayor matización y un fraseo más variado, en una parte como la de Des Grieux que vocalmente, pese a sus dificultades, fue llevada adelante, dominada con adecuada pericia por el tenor. Fue también en el acto tercero cuando entró más en el papel, rubricándolo con un superlativo No, no, Pazzo son.  En el IV, que  es sobre todo de la soprano, estuvo en sus intervenciones a la altura de su compañera.

De notable nivel el Lescaut de Dalibor Jenis, vocal y escénicamente, y soberbio el Geronte de Carlo Lepore.

Asombró el alto nivel de los cantantes de apoyo reunido por el teatro, del Edmondo lirico ligero de Francesco Marsiglia a la mezzo madrigalista de Clarissa Leonardi., incluyendo al resto: Saverio Pugliese (Maestro de baile),  Cullen Gandy (el Lamparero), Dario Giorgelè (Posadero y Sargento) y Cristian Saitta (Comandante).

La velada se hizo algo pesada a causa de los largos entreactos, tres que alargaron desmedidamente la representación. De música, la ópera apenas pasa de las dos horas y el espectáculo se extendió hasta las tres horas y media. Demasiado. Pese a la copa de champán ofrecida graciosamente por el Palacio de la Prensa.

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