La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Mar, 5 May, 2015

Materia conflictiva

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JAVIER PALACIO /

La música del canadiense William Blank nos recuerda, en este mundo nuestro cada vez más virtual, intangible y amenazado por el riesgo de desaparición de un momento a otro en el aire -o en la nube-, que la materia sigue teniendo propiedades inalienables y proporcionando grandes posibilidades de goce sensible. De este modo concede primacía a cualidades como el peso, el color, la textura o la densidad, en todas sus gradaciones, desde la sonoridad en la frontera de lo inaudible a la máxima saturación, desde la mayor compactación a la disgregación, desde el pianissimo al fortissimo, pasando de un estado a otro en un ciclo sin final a manera de proceso continuo de flujo y reflujo.

Y precisamente la primera de las obras orquestales contenidas en este monográfico del sello Aeon, a cargo de la Orquesta de la Suisse Romande con Pascal Rophe a la batuta, Ebben(n), evoca el movimiento poderoso de las mareas y océanos en varias de sus secciones, elaboradas en forma de episodios contrastantes con otras de movimiento más secreto, casi imperceptible. La pieza yuxtapone resonancias naturales y artificiales, redoblando por ejemplo los timbres del piano, el arpa o las percusiones con los de flautas y clarinetes, para construir espacios armónicos fuertemente inestables donde el subido cromatismo deviene regla general; y de ahí, otra vez, hasta alcanzar una nueva concreción. Los sucesos sonoros, comparados por Blank con los móviles de Calder, se instalan en la metamorfosis para recorrer los estados conocidos e incluso inéditos de la materia.

Reflecting Black para piano y orquesta, la pieza más ambiciosa de la selección, se inspira por su parte en la obra del pintor Pierre Soulages y especialmente en la profundidad, brillo, textura y variedad de sus tonalidades negras. Blank, compositor y al mismo tiempo director del Ensemble Contemporain, revela una indiscutible facilidad para extraer del bloque orquestal gran número de posibilidades sonoras. Para empezar, se carga de un plumazo la idea de «bloque concertante» para optar por lo que denomina un «cuadro armónico» donde los timbres instrumentales establecen relaciones de matiz, de contraste, de enfrentamiento; tres contrabajos, situados en los extremos de la sala, enmarcan un conjunto de doce maderas y nueve metales, acompañados por el arpa, la celesta y un segundo piano afinado en cuartos de tono, flanqueados por importantes efectivos de percusión, mientras las cuerdas configuran un fugitivo espacio de sombras y claridades. La disposición espacial en tres niveles y el uso de microintervalos, clusters, glissandi y cuartos de tono colaboran en la constitución de un territorio plagado de fenómenos acústicos, de ecos y reflejos, por donde el piano solista intenta hacer su presencia cada vez más obsesivamente patente. Y en este punto conviene destacar la labor de Pascal Rophe, que traduce muy bien las intenciones del autor en una pieza nada sencilla, recurriendo a una concepción musical analítica y minuciosa sin eliminar su fuerte impronta lírica y soñadora.

Por último, Exodes supone la prolongación de una obra de cámara anterior, funcionando como un estudio sobre la organización de la masa orquestal y, a la vez, con su violencia latente y oscura, como meditación sobre el conflictivo mundo actual. No por casualidad la pieza está dedicada a Kofi Annan, antiguo secretario general de las Naciones Unidas y Premio Nobel de la paz. Desplegando igualmente un amplio catálogo de técnicas acústicas, la materia sonora parece fracturarse, desgarrarse, vaporizarse, para ganar una y otra vez sólida y recurrente materialización.

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