La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Vie, 5 May, 2017

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IMANOL TEMPRANO LECUONA / El holandés Arthur Schoonderwoerd continúa con su integral de conciertos para piano de Mozart. En este, el sexto volumen, se recogen los Conciertos números 9, 11 y 12.

El número 9 es merecidamente uno de los más célebres conciertos mozartianos. El inspirado tema inicial, el diálogo juguetón del instrumento solista con la orquesta, el lúgubre segundo movimiento -con sonoridades que anticipan algunos momentos del Don Giovanni– y el chispeante rondó final, que incluye un encantador minueto con un acompañamiento de las cuerdas en pizzicato, contribuyen a convertir esta obra en una de las más atractivas del salzburgués. Además, en esta obra Mozart dio un paso de gigante respecto a sus conciertos anteriores en cuanto a la imbricación del instrumento solista con la orquesta. Durante mucho tiempo conocido con el sobrenombre de “Jeunehomme”, hace algunos años se pudo demostrar que en realidad fue compuesto para una joven mujer, Victoire Jenamy.

Por su parte, los conciertos catalogados como KV 413 y KV 414, 11 y 12 de la serie, pertenecen al grupo de tres conciertos que Mozart compuso para presentarse ante la sociedad vienesa como intérprete y compositor tras su ruptura con su patrón -el arzobispo Hyeronimus von Colloredo- y posterior abandono de Salzburgo para instalarse en la capital austriaca. Ambos conciertos, en los que hay una búsqueda del “justo medio entre lo demasiado fácil y lo demasiado difícil”,en palabras del propio Mozart, tienen su momento culminante en el segundo movimiento, un melancólico larghetto en el primer caso y un andante elegante y sereno en el segundo.

La interpretación de Schoonderwoed y de su grupo Cristofori sigue las pautas de las entregas anteriores. Lo más llamativo es el uso de un instrumento por parte, una práctica habitual en la interpretación de la música barroca pero no tanto en cuanto al periodo clasicista. Esta opción ya la ofrecía el propio Mozart en la publicación por el editor vienés Artaria de sus tres primeros conciertos vieneses. Para ser más precisos, Mozart hablaba de la posibilidad de que esas obras se interpretaran con el acompañamiento de un cuarteto de cuerda, una estrategia muy habitual en las publicaciones del siglo XVIII para atraer a los músicos diletantes. En cualquier caso, Schoonderwoerd ofrece una versión con un quinteto de cuerda más los instrumentos de viento –dos oboes y dos trompas-, prescindiendo de los fagotes que Mozart añadió después de la primera publicación.

El uso de un conjunto instrumental tan reducido plantea un equilibrio de fuerzas diferente a lo que estamos habituados en este tipo de música. El instrumento solista -en este caso una copia de un piano Walther de 1782- adquiere una mayor presencia sonora, lo que también es aplicable a los vientos. Esto hace que todos los matices del fortepiano sean mucho más perceptibles y el discurso musical más elocuente, que diría Harnoncourt. Porque lo que es incuestionable es que esta opción interpretativa permite apreciar con enorme claridad la arquitectura musical de las obras. Pero más allá de esta evidencia, la interpretación de Schoonderwoerd y su conjunto tiene otras virtudes. Para empezar una enorme musicalidad, ese término que a veces se emplea para compensar y encubrir carencias y  defectos, pero con el que aquí simplemente queremos referirnos a la capacidad de dar a la obra el carácter que requiere y sacar de cada instante el máximo jugo. Por otra parte el virtuosismo, en el mejor sentido de la palabra, de Schoonderwoerd. El intérprete holandés se siente como pez en el agua en este territorio, el de la música para teclado del periodo clasicista, y consigue esa difícil ecuación, indispensable en la interpretación de la música de Mozart, que es hacer fácil lo difícil.

ACC 24323

 

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