La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Jue, 6 Abr, 2017

Mozart en hábito serio

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IMANOL TEMPRANO LECUONA / No deja de resultar sorprendente la suerte que ha corrido históricamente La clemencia de Tito, última de las operas mozartianas. Mientras que sus óperas inmediatamente anteriores -la trilogía con libretos de Da Ponte- y La flauta mágica, compuesta paralelamente a La clemenza, gozan de gran fama –de forma absolutamente merecida, faltaría más- la ópera basada en el viejo libreto de Metastasio no ha disfrutado de esa popularidad. Desde su estreno en Praga en septiembre de 1791 para celebrar la coronación de Leopoldo II como rey de Bohemia, los testimonios de su recepción no han sido nada favorables (al parecer la emperatriz María Luisa se refirió a ella como “una porcheria tedesca”, aunque es una anécdota que se difundió casi un siglo después) y sólo en las últimas décadas ha empezado a ser rehabilitada, lo que se traduce en una presencia creciente en las programaciones operísticas y en un mayor número de grabaciones, hasta hace algunos años más bien escasas.

Sin duda, en esta ausencia del favor del público ha tenido mucho que ver el género: la ópera seria. En contra de lo que muchas veces se dice, ésta gozaba todavía de buena salud en tiempos de Mozart; coetáneos suyos como Paisiello, Salieri o Cimarosa han dejado abundantes ejemplos y es que, dejando la Francia revolucionaria aparte, la ópera seria todavía cumplía su función como soporte, legitimación y exaltación de las monarquías y cortes europeas de fines del siglo XVIII. Otra cosa es que al propio Mozart el corsé que le imponía el género le resultara un fastidioso estorbo. Pero sabido es que el arte nace de la limitación y el compositor supo llevar a su terreno las convenciones del formato. Ayudado por Catterino Mazzolà, poeta de la corte de Dresde, sometió el libreto metastasiano a un proceso de depuración similar al que Haendel solía llevar a cabo en sus óperas, concentrando la acción, eliminando personajes secundarios y reduciendo drásticamente el número de arias, que no son un mero medio para el virtuosismo de los cantantes sino que responden en su carácter al contenido del texto. En algunos casos, y siguiendo con la práctica llevada ya a cabo en la trilogía Bodas de Fígaro – Don Giovanni – Cosi fan tutte, sustituye la arias por números de conjunto y es aquí donde brilla, más que en ningún otro aspecto, el genio mozartiano. Porque, no se dejen engañar, los ingredientes son los mismos que en las óperas anteriores, lo que cambia es el molde.

Por eso no cabe sino alegrarse de que Jérémie Rohrer, director que se está revelando como un gran maestro concertador, continúe con su periplo mozartiano. Después del éxito de El Rapto en el Serrallo, el joven director francés prosigue su colaboración con el sello Alpha -en lo que parece una prometedora relación-, ahora con la última de las óperas del salzburgués. Si algo caracteriza la versión de La clemenza de Rohrer es la fluidez del discurso musical. Da la sensación de que todo está en su sitio, no hay estridencias ni asperezas ni vocación alguna de querer ser original, sino que el director francés se pone al servicio de la, sublime por momentos, música de Mozart y deja que ésta hable por sí misma. Conjuga esto con una buena dosis de energía y una capacidad envidiable para sacar lo mejor de los cantantes (Rohrer es un buen conocedor de las voces, empezó su carrera musical como niño cantor en la Maîtrise de Radio France).

Desde luego, esta versión se beneficia de la magnífica prestación de Le cercle de l’harmonie, el grupo instrumental especializado en la música del siglo XVIII que el propio Rohrer fundó hace unos diez años. La orquesta tiene un sonido noble y contundente en los momentos en que es necesario, como algunos pasajes de la obertura o el dramático final del primer acto con las punzantes intervenciones del coro en medio del incendio del capitolio.

En cuanto al reparto, el veterano Kurt Streit interpreta al indulgente y magnánimo Tito.  Su voz ya no está en la plenitud de años atrás pero suple esto con oficio y adecuación estilística. No en vano, Streit ha hecho de Mozart uno de los ejes de su carrera, cantando gran parte de los roles de tenor más importantes. Sesto, quizás el papel con más enjundia de la ópera, corre a cargo de la mezzo estadounidense Kate Lindsey, de timbre ligeramente velado pero que canta con gusto y determinación. La Vitellia de Karina Gauvin -sin el lastre de las exigencias escénicas que padeció recientemente en el mismo papel en el Teatro Real- es convincente y, a pesar de ciertos problemas con los agudos, alcanza buenos momentos (la sublime aria “Non piu de fiori” con acompañamiento de corno di basetto). La joven soprano francesa Julie Fuchs, un valor en alza, hace una gran Servilia. Técnicamente impecable en lo vocal y muy expresiva, consigue transmitir toda la abnegación y delicadeza del personaje. Completan el reparto la mezzosoprano canadiense Julie Bouliane como Annio y el bajo-barítono Robert Gleadow que interpreta el papel de Publio, ambos correctos. Excelente la aportación del coro, el Ensemble Aedes.

La grabación se realizó en directo en el Theâtre des Champs Elisées de París, durante una representación en diciembre de 2014, lo que contribuye a dar más intensidad a las intervenciones de los cantantes. La toma de sonido, como siempre nos tienen acostumbrados los ingenieros del sello Alpha, es sobresaliente.

ALPHA 270

 

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