La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Mie, 16 Nov, 2016

Música de nuestros días entre canales antiguos

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Hace aproximadamente un mes tuvo lugar en Venecia la edición nº 60 de su BIENNALE MÚSICA, del 7 al 16 de octubre de 2016.

Jorge de Persia estuvo allí y esta es la meditada reseña sobre lo que aconteció esos días en una de las citas más importantes del panorama de la música de nuestros días.

Primero, un poco de historia

Decía Salvatore Sciarrino hace unos días cuando le concedieron en la Biennale Música el Leone d’Oro, que para un compositor “el pasado se va acumulando en la proa del barco que enfila hacia el futuro”. Metáfora muy visible sin duda en Venecia, y muy cara a esta ciudad que en lugar de por ejemplo, tener el mejor e inigualable –aunque sea por arquitectura e historia- festival de música antigua, dedica desde hace más de un siglo su actividad central a las artes contemporáneas.

La Biennale de Arte comenzó en 1895, y una de sus primeras manifestaciones dedicadas a la música tuvo lugar en 1930 de la mano de Alfredo Casella, junto a Adriano Lualdi y Mario Labroca. Comenzó entonces aquello que Lualdi llamaría en la edición de 1934 “un festival musical de carácter italiano y fascista” y con equilibrio latino, en pleno auge del régimen, aunque sus colegas de la delegación alemana no dudaron en considerarle –a la vista de las obras escuchadas en la ocasión de Krenek, Vogel, Milhaud y Berg- un festival aun dominado por la propaganda bolchevique….( extremos citados por B J Martin) .

Y con los tiempos cambiaron las orientaciones de un Festival que durante su primera etapa fue irregular en periodicidad[1] hasta que en la posguerra el mismo Labroca orientó el camino hacia la Biennale Música.

Las historias de estos festivales –ocurre también en relación a la nuestra con el de San Sebastián- nos acerca a una intrahistoria que refleja con claridad la relación entre estéticas y política, pensamiento y sociedad.

Siempre hubo aspiraciones de vanguardia en el arte y en la música, como también sus contemporáneas conservadoras y contrarias. Hay mucha historia de la música actual en estos programas, que comenzaron con las cumbres del neoclasicismo, y del futurismo… en tiempos de Casella, de Malipiero, de Respighi, y del mismo Stravinsky, de quien en 1937 se dio el ballet Jeu de cartes, a pocos meses de su estreno en Nueva York. Stravinsky estrenó allí en 1951 The Rake’s Progress, y en 1954 George Gershwin hizo la presentación en Europa de su Porgy and Bess. También en ese año fue el estreno absoluto de Giro di vite de Britten.

La aún no escrita historia de la Biennale Música rememora como una de sus explosiones sorprendentes la que tuvo lugar en 1968 cuando Luigi Nono y el pintor Emilio Vedova se retiraron al considerar este Festival della Musica (no se llamaba aún Biennale Música) como una “fortaleza del arte burgués”, acusando a Mario Labroca –que curiosamente era quien había encargado a Luigi Nono su Intoleranzza 1960 para la Biennale de 1961, y cuyo estreno dirigió en La Fenice Bruno Maderna, de “conservatorismo rivoluzionario”. [2]

Uno de los directores que marcó con claridad el curso de la Biennale Música fue Mario Messinis que estuvo al frente entre 1979 y 1989 y del 1992 al 1996, y desde la dirección o no, siempre muy íntimamente vinculado al evento veneciano. Messinis, crítico de música en el Gazzettino veneciano y profesor, fue –a la vez que un referente en cuanto a calidad y amplitud del certamen- prácticamente el único crítico de música que lo dirigió.  Predecesores y sucesores fueron elegidos entre compositores, la mayoría, y músicos intérpretes, y me da la sensación de que se insistirá en lo mismo en la renovación que toca este año.

En estos casos es cierto que la crítica no es referente absoluto de objetividad, pero sí de algo más reflexivo que el compositor, que suele estar comprometido con una estética. Siempre pienso que discutir sobre religión es imposible para dos sacerdotes como lo es de música para dos compositores.

La Biennale, en 2016

La Biennale Música celebró este mes de octubre su edición nº 60. Posiblemente sea el festival de más larga duración entre los europeos dedicados a esta temática.

El día 8 de octubre, en el Teatro alle Tese de l’Arsenale, tuvo lugar la entrega del Leone d’Oro a a Salvatore Sciarrino (Palermo, 1947), importante compositor homenajeado también recientemente en Madrid y Barcelona. Un premio que valora los méritos de una carrera y que lleva a la culminación a este compositor en Italia, completando trilogía significativa de las vanguardias con Luigi Nono y Luciano Berio.  Sciarrino, a punto de los 70, es un compositor muy personal, poco atado a las cadenas formales y que ha desarrollado un estilo por el que ya se le reconoce. Consciente de su papel en la historia “el pasado se va acumulando en la proa del barco que enfila hacia el futuro”, Sciarrino mira al pasado, tanto al grande del Renacimiento, como al más cercano de su juventud, en el que no deja de mencionar la figura de Tàpies, de cuando había más internacionalidad en las vanguardias.

“Lo importante es escribir para uno”, dice, y su trabajo se pudo apreciar de forma singular en el concierto que hizo ese día 8 hizo la London Sinfonieta con la dirección de Marco Angius, especialista italiano en la obra de Sciarrino. Un programa de los más interesantes escuchados en las últimas Biennales en cuanto a perspectiva histórica, en el que junto a Ravel y Stravinsky, se interpretó “…da un Divertimento” una de sus obras jóvenes (1968), y otra fundamental en su catálogo: “Cantieri del poema” (2011) en la que trata de manera muy atractiva, sensible y personal la voz, como un instrumento más, a cargo esta vez de la magnífica Anna Radziejewska.  La voz también, con un brillante tratamiento instrumental, protagoniza “Immagina il deserto”, el encargo estreno de esta Biennale, sobre una impresión del desierto natal que le escribió y envió por what’s app, a causa de una fallida entrevista, el berebere Lyas Laamari.

El premio que deja entrever una figura interesante, el del Leone d’Argento fue concedido al joven japonés Ryo Murakami (Tokio, 1971) que expuso su espectáculo The Wall que conjuga música y video.

Esta última vertiente creativa importante en Japón y que en Barcelona ocupa parte del interés del Sònar, tiene también sus representantes en Italia. Y en esta Biennale hubo también un encargo a Yakamoto Kotzuga (Slowly Fading), un ámbito difícil para la reflexión. Pero que en una línea algo banal alienta un comentario: hace siglos, los nombres de los grandes músicos y de los músicos en general se italianizaban, ahora en cambio en los ambientes de la electrónica y aliados con un epicentro en Japón, parece que se japonizan, al menos así lo hace este italiano Yakamoto Kotzuga, cuyo nombre e identidad real es Giaccomo Mazzucato.

Reseñas musicales

En lo que concierne a lo estrictamente musical, el comienzo de las sesiones de este año ha sido singularmente atractivo. Pocas veces en las últimas ediciones se ha escuchado tan buena música. El viernes 7, un programa del Cuarteto Diotima, al que se sumó piano y un brillante clarinetista finlandés, Kari Kriikku, para un estreno de Figura, de su muy reconocida paisana Kaija Saariaho (1952), encargo de la Biennale en la que se reafirma la sensibilidad y la intensidad expresiva de la autora con un trabajo excepcional del clarinete. El cuarteto en sí dio muestra de su calidad en Fragmente-Stille, an Diotima, de 1975, de Luigi Nono, que dialoga sutilmente con el silencio, una obra que supo marcar camino en su tiempo, y que se vio complementada por la reciente Clamour de Stefano Gervasoni (1962).

En el ámbito de la música italiana, dos conciertos con ensembles, el Sentiere Selvaggi que dirige el compositor Carlo Boccadoro (1963), hizo un programa con varios estrenos, de Mauro Montelbetti, Giorgio Colombo Taccani, Marcello Panni, Filippo Del Corno y Francesco Antonioni. Salvo Panni (1940) todos de la misma generación del director y que forman parte de un ámbito estético diferenciado, con alusiones a una aparente cierta simplicidad de lenguaje. Con propuestas de lenguaje formalmente más elaborado Fontanamix que dirige Francesco La Lácata, propuso cuatro estrenos absolutos de Gilberto Capelli, Andrea Sarto, Paolo Aralla y Franco Venturini, y una obra muy consistente: Vite di suoni illustri del más veterano Claudio Ambrosini (1948).

Esta edición, la última de la etapa de dirección de Ivan Fedele durante más de cuatro años, deja claras las preferencias del programador por el eje Italia-Francia. Por un lado, evidente a través de la presencia de autores como Pascal Dusapin, homenaje a Gérard Grisey, el diálogo Saciarrino- Ravel/Stravinsky en el programa homenaje del Leone d’Oro, homenaje a Boulez, encargo y estreno a Kaija Saariaho, etc.

En cuanto a participantes –caso de los grupos de cámara- junto a algunos grupos italianos y al multicultural alemán Ensemble Modern, nuevamente la mayoría son franceses: Les Percussions de Strassbourg, Ensemble Orchestral Contemporain,  y el  Ensemble Accroche Note que propuso Reflets, obra sensible del veterano François-Bernard Mâche (1935) que articula con mucho oficio y sensibilidad soprano y clarinete. Otras dos novedades, de autores de los cincuenta: S.T.E.E.L. de Philippe Schoeller y el encargo de la Biennale a Pascal Dusapin: Becket’s bones, una atractiva serie de canciones sobre autores clásicos ingleses que rememora la figura de Beckett. En obras de los más jóvenes Yann Robin (1974) y Mauro Lanza (1975) no supe valorar lo poco que había de música.

 

[1] Al comienzo cada dos años, luego 1936, 37 y 38; reaparece en 1941 y 1942 y hasta 1946 la situación internacional detiene el proceso. A partir de este de 1946 se establece la secuencia anual, a pesar del concepto de Bienal que en cierta manera lo ampara, salvo en 1973 que no se celebra, año en que se reúnen en una misma dirección Música y Teatro.

[2] En las revueltas de ese 1968 Nono grabó sonido de las manifestaciones en la plaza de San Marco y altercados con la policía, también de las manifestaciones de París, que usó al año siguiente en la obra para cinta magnética Non consumiamo Marx.  Ver “Sulla protesta contro la Biennale Musica” (Nono, 2001, I: 234-239)

 

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