La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

No empiece a oír a Sofonitsky; es muy adictivo

Compartir
Etiquetas

MEL-1002312

JOAQUÍN MARTÍN DE SAGARMÍNAGA /

Sin entrar en valoraciones cualitativas, lo que no tendría lugar, cabe decir que, a la luz de ciertas tradiciones y según su distancia de la ortodoxia, tal vez exista un pianismo de derechas y otro de izquierdas. Atendiendo a nombres de calado, en el primero podrían figurar el Schnabel posterior a la II Gran Guerra, Fischer, Kempff, Haebler, Brendel, Moravec o Zimerman; en el segundo, Sofronitsky, Maria Yúdina, Richter, Gulda, Ogdon, Glenn Gould o Pogorelich. Vladimir Sofronitsky, a causa de sus antenas de visionario, ocupa una posición muy alejada de los cánones.

Conviene referirse al aislamiento de los grandes centros musicales en que le tocó desenvolverse a Sofronitsky como artista -con la puntual excepción de París-, algo que le ocurrió también a su admirada Maria Yúdina o a Jacob Flier. De todos ellos se refieren prodigios de difícil verificación, puesto que, encapsulados en la URSS, parece como si su peregrinación artística no les llevara mucho más lejos que a Moscú o San Petersburgo, la ciudad de Sofronitsky. Sin embargo, con apenas 30 años, edad en la que un pianista aún tiene acné juvenil, él era ya un músico reconocido en Rusia, casado con Elena Scriabin, la hija mayor del gran Alexander.

Dotado de gran fuerza espiritual, y al mismo tiempo sufriente como un endemoniado era, al igual que otros muchos rusos -Mussorgski, Dostoievski, Andréiev-, un buscador de consuelo en la botella. De carácter a veces pesimista, si por casualidad veía la botella medio llena se la bebía. Tal vez todo ello se debiera a los vaivenes de su espíritu, que habitualmente machacan a las almas grandes.

Quizá por ello, Sofronitsky alternaba veladas en que se salía del mapa con otras más borrascosas en las que, no obstante, los asistentes tenían la sensación de que en cualquier hora podía cortarles el resuello. La expectación que precedía a cada anuncio de sus conciertos era indescriptible, y eso sí está documentado. Por supuesto, con su fabulosa técnica era raro que no tocase bien; lo inusual era que no tocara mejor que bien. Por recurrir a la valoración de Sviatoslav Richter, cuando el cineasta Andrei Konchalovski -del que se incluye como Bonus el documental de 44´ Geniuses: Vladimir Sofronitsky– le preguntó quién era el inventor del elixir de la vida, el pianista contestó casi sin pensar: “¡Sofronitsky! Posee una nobleza extraordinaria, aristocracia (¡interpreta a Chopin del modo más aristocrático!), casta (es tataranieto de Borovikovski) y la capacidad de obrar el milagro que se espera de él a cada momento”. Una vez en la que ambos habían bebido bastante, Sofronitsky llamó a Richter genio y, ambicioso, éste le respondió con una sola palabra: ¡Dios!

sofronitsky

Esta edición de parte de su legado está bien reprocesada, como la de Arlecchino, algo que no siempre le ha favorecido. Quiero picotear como aperitivo alguna de sus grabaciones y luego centrarme en ciertas páginas de Schumann, Prokofiev y Scriabin. Comenzaré por un registro que conmueve y exalta: Después de una lectura de Dante, de Liszt. Es cosa sorprendente eso de los títulos, porque no siempre dan pistas. El estado anímico es convulso, de acuerdo, pero podría ser igual tras una lectura de Lord Byron. Más que emplear una paleta dulce, que no casaría con su visión, ésta colinda con el ruido y es recreada con densidad textural. La Serenata a la muñeca de Debussy explora en su brevedad colores y matices, con bellos e irisados staccati obtenidos con el pedal. También cabe destacar dos preludios de Rachmaninov -Op. 16, poco recordados-, expuestos sin azúcares añadidos, como su Chopin: este hombre ignoraba el azúcar incluso con el café. De este aperitivo se me atragantó como un hueso Caja de música, de Lyadov, célebre en su día pero a la que juzgo inferior a tantas miniaturas para piano de este autor que ha grabado Sofronitsky.

En Schumann son pocos los artistas de tanta finura espiritual, de tal sensibilidad a la hora de traducir Carnaval o los Estudios sinfónicos. En el caso de la Fantasía, Sofronitsky desafía su escritura de grandes saltos y extrema dificultad, a la par que impone su impresionante paleta cromática, sobre todo en la II parte, pródiga en episodios contrastados. En la III, el canto de Novalis es expuesto en tono susurrante casi humano, como un diálogo entre seres vivos. La variedad del calado abarca desde el toque delicado, con pianissimi ingrávidos como plumas de ave, hasta el abordaje férreo con dedos de acero, probablemente no muy distintos a los que debió de tener su amigo Prokofiev. El sonido, apenas hay que decirlo, es bellísimo, pleno de armónicos, de timbre cristalino en las octavas agudas e hiriente casi cuando alcanza el forte o la franja grave del teclado. El concepto romántico se destaca por un uso personalísimo del rubato y un dibujo de las curvas melódicas de ardorosa cantabilidad. Pero es un pianista tan inclasificable que requeriría comentarios que se desdijeran entre sí para captar su estilo, hecho a la vez de una vaporosidad ondulante y de cierta nerviosidad.

Aunque dedos no le falten, en general su versión de la Sonata nº 7 de Prokofiev no es acrobática ni hay mucho de circense en las cabriolas del piano. En el lento Prokofiev pide de modo expreso calor, y él corresponde alargando el tempo, con pulsación deslizante que evoca el paso majestuoso de una limusina como las que recorren las calles de Nueva York, donde el compositor tuvo algunos éxitos como pianista. El abordaje es también muy variado durante el Finale, con martellati soberbios y bien alicatados, que precipitan el discurso hacia una zona de puro vértigo.

Un buen puñado de obras de juventud de Scriabin, que favorece algunos de los bellos Preludios Op. 11, ilumina la prima maniera de este autor, deudor inicial de Chopin. Pero como estamos en la hora bruja, ideal para las confidencias, les diré que para mí Scriabin es tan grande como el polaco. Si el pianismo de ambos es comparable, aquel experimentó además con la orquesta, completando una obra embriagadora y luminosa inscrita de plano en un siglo XX del que no llegaría a vivir sino tres lustros. Con su abandono a las formas caprichosas, a armonías coloristas y ritmos estáticos, sus últimas sonatas para piano no tienen parangón con nada escrito para este instrumento por sus contemporáneos. Es por ello que, amén de la Cuarta y la Quinta, Sofronitsky ofrezca el más alto testimonio de toda la edición cuando encadena las tres últimas sonatas: Octava, Novena y Décima. Lejanas por completo a la forma de construcción así conocida, participando de la disolución de la tonalidad, su único anclaje es la repetición de ciertos trazos y dibujos obsesivos tratados en grupos temáticos.

Se dice que Sofronitsky fue el más grande intérprete scriabiniano, pero eso sería tanto como desdeñar a Feinberg, Horowitz o Richter (sin contar con las grabaciones realizadas por el propio autor), y es injusto. Lo que sí es cierto es que Sofronitsky abrazó la mayor proporción de su corpus pianístico. La Octava, con su imantación mistérica y su extraña rarefacción es quizá lo mejor del álbum. Y pareja creación de un campo magnético que abarca a ejecutante y oyentes tiene lugar en la Novena, llamada Misa negra, que en determinados momentos se complace en los tonos penumbrosos. La Décima se conoce como Sonata de los insectos, bichos asquerosos sin duda, salvo la hormiga y la mosca, aunque no ocurra lo mismo con la obra, ebria y gozosa, en la que Scriabin hace crepitar trinos y trémolos al lado de fundentes armonías.

Mostrando 1 Comentario
Deja tu comentario
  1. El consejo, aunque se agradece, resulta algo superfluo: Sofonitsky no existe.

Dejar un comentario

XHTML: Puedes utilizar estas etiquetas html: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>