La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Lun, 10 Jul, 2017

Nuestro maestro José María Martín Porrás (Madrid, 1923-2017), por José Luis Temes

Compartir
Etiquetas

JOSÉ LUIS TEMES / Llevaba ya más de veinte años retirado no sólo de los escenarios sino de la vida musical pública. Sus problemas traumatológicos más su alejamiento espiritual del arte que tanto había amado (difícil saber por qué y difícil saber si existía un componente de desengaño) motivaron que las jóvenes generaciones no le conocieran ya, ni siquiera de vista. Rechazaba desde hacía mucho tiempo clases magistrales y homenajes. Por eso, la figura de nuestro amado José María Martín Porrás era desconocida para los músicos -y singularmente los percusionistas- salidos de nuestros conservatorios hace menos de treinta años. Que es mucho tiempo.

Pero «don José» (o «el jefe» para quienes integramos el Grupo de Percusión de Madrid hace cuatro décadas) seguía siendo un hombre clave en nuestras vidas, imposible de olvidar. En lo personal y en lo artístico. Y lo será mucho más allá de su muerte física, hace apenas unos días, a punto de cumplir los 94 años.

Formado musicalmente con su padre, José Martín Domingo, colaboraba como percusionista con la Orquesta Nacional de España desde los años 50 del pasado siglo. Fue en el verano de 1957 cuando Argenta afrontó el estreno de los Dos movimientos para timbales y cuerda, de Cristóbal Halffter, que había de tener lugar en el Festival de Granada (¡qué tiempos aquellos, dios mío, en los que los titulares de nuestra orquesta estatal buscaban patrimonio musical español para estos conciertos de máxima importancia, e incluso estrenaban en ellos obras de jóvenes emergentes!). Los percusionistas de la ONE no estaban familiarizados con ese lenguaje y declinaron la oferta de ser solistas en ese estreno. El más joven del grupo, el hijo de Pepe Martín Domingo (que era muy popular entonces, sobre todo por sus pasodobles toreros) se postuló con timidez para esa misión. Halffter y Argenta quedaron admirados del resultado. Y programaron la presentación en Madrid de esa misma obra para la temporada siguiente. Fatídicamente, en enero de 1958. Literalmente el día anterior a comenzar los ensayos fallecía el queridísimo titular; por lo que es Enrique Jordá quien empuña la batuta en un concierto con los músicos de la orquesta bañados en lágrimas. Y por supuesto, el propio Martín Porrás, que perdía a su admirado mentor.

Según propia confesión, aquel estreno de Halffter y estas circunstancias marcaron su carrera: se vinculó a la música nueva, viajó por Europa y se dio cuenta de a cuántos años luz vivía la percusión en España de lo que estaba sucediendo por ahí fuera. Compró instrumental aquí inencontrable, importó instrumentos autóctonos (su celebérrimo tambor africano protagoniza muchas músicas exóticas españolas de la época, incluída la sintonía de El hombre y la tierra) y se convirtió en símbolo de la nueva percusión. En 1963 sucede lo que tenía que suceder: Cristóbal Halffter es nombrado director del Real Conservatorio de Madrid y se apresura a crear la cátedra de Percusión, que incomprensiblemente todavía no existía; no sorprende que nombre interinamente para la plaza (luego refrendada con oposición) a nuestro protagonista.

Desde entonces, fuimos decenas de músicos (y no solo percusionistas) los que pasamos por su aula. Muchos -José Ramón Encinar, Arturo Tamayo o yo mismo – no por querer ejercer la percusión como tal, sino por ponernos al día de lo que era muy difícil obtener información entonces.

No sé me malinterpretará si confieso que Martín Porrás, pese a ser uno de los profesores más admirados en la música de la España de su tiempo, carecía de las dos virtudes que pudieran parecer esenciales para ser un gran maestro instrumental. Pues sinceramente creo que nunca fue un gran percusionista; y sinceramente creo que carecía del menor sentido metódico para la enseñanza de la materia. Sé que es crudo decirlo, pero me parece objetivo. Sobre lo primero, fácilmente constatable por quienes le escuchamos tocar, suplía con una musicalidad excepcional sus evidentes carencias técnicas. Sobre lo segundo, yo diría que sus clases eran deliciosamente caóticas: de vez en cuando (un par de veces por año, no más) se proponía establecer criterios y programación… que el mismo vulneraba a la semana siguiente.

Por lo antedicho, la pregunta surge inmediata: ¿por qué, entonces, fue Martín Porrás un norte para todos nosotros? ¿Por qué, a diferencia de lo que hoy es tan frecuente, decenas y decenas de alumnos le consideramos nuestro maestro amado? Difíciles cuestiones, que requerirían mucho espacio. Pero aventuro tres respuestas:

Una, que para él la música era la cosa más natural del mundo; había nacido músico, le salían por las orejas las polirritmias, los juegos de timbres, la belleza abstracta… Dos: que lo que para muchos músicos que interpretaban a las nacientes «vanguardias» era artificio y ruptura de sus convencionalismos, para él era la cosa más natural del mundo: hacía belleza con las manos, fraseaba con un flexatón, nos embelesaba tocando los timbales en las calderas (recuerdo bien un día en un ensayo de una obra de Luis de Pablo cómo corrigió a un eminente clarinetista diciéndole que si no se creía de verdad la belleza que se podía obtener soplando por el tubo sin embocadura era mejor que lo dejara y se dedicara otra cosa; le tomó el clarinete y le dijo sobre la marcha cómo podía hacer belleza soplando, si de verdad se lo tomaba con vocación de estética). Y tres: que el Martín Porrás músico era indisociable del Martín Porrás persona. Él, que era un hombre «elegante», en el sentido más humanístico de la palabra; de una elegancia emanada de la belleza más natural, más noble. Y esa elegancia y honestidad personales eran las mismas que frente al atril. Todo le resultaba sencillo y sonriente. Nos enseñó a hacer sencillas y sonrientes las complicaciones rítmicas y métricas más endiabladas. A jugar con ellas (inolvidables sus gesticulaciones y formas de medir con los brazos las métricas complejas, con toda naturalidad y siempre con un cigarro en la mano, dejando caer la ceniza por todas partes). Y creo que eso se nos nota a todos los que nos sentimos sus hijos.

Nunca cobró millonadas por sus conciertos ni por sus enseñanzas. Vivió y murió en una casa modesta de un barrio modesto. Nuca presumió de currículum deslumbrante. Sabia sus limitaciones y hablaba de ellas con naturalidad. Allá donde él no podía llegar nos puso en contacto con otros maestros (con más espacio deberíamos hablar de quien compartió con él las enseñanzas en nuestro aula, nuestro querido Enrique Llácer, «Regolí»; no cabe imaginar dos maestros más admirables… y más distintos, pero de esa diversidad salimos muy beneficiados sus alumnos). Nos abrió su corazón, su casa (¡cuántas veces una clase sobre Stockhausen terminaba con una caldereta en su casita de Matalpino, en la sierra de Madrid!), sus discos, sus instrumentos (en el aula nunca supimos cuáles eran suyos y cuáles del Centro) y hasta su familia. Nos amó a todos uno a uno, sabía nuestros nombres, nuestras circunstancias personales, nuestras dificultades…. ¿Qué más se puede soñar en un maestro? ¿Qué más cabe pedir a un ser humano?

Dejar un comentario

XHTML: Puedes utilizar estas etiquetas html: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>