La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

Placeres sin pecar

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JOAQUÍN MARTÍN DE SAGARMÍNAGA / Los quince cuartetos para cuerda de Dimitri Shostakovich fueron para su autor un diario íntimo en el que volcar sus anhelos artísticos y vitales, las frustraciones más recónditas e incluso esos repentinos ataques de pánico que, con una onda expansiva mucho menor, son ahora nuestros. Frecuentemente desolados, en ocasiones sarcásticos, muy rara vez alegres, son quizá el conjunto de mayor variedad e invención de todo el siglo XX, y sólo los seis de Bartók están a pareja altura. Frente a ellos brilla un faro que los ilumina desde la lejanía, el espíritu de Ludwig van Beethoven haciendo resonar en la noche eterna sus diecisiete muestras magistrales.

Cuando el primer cuarteto vio la luz, Shostakovich era un autor con cinco sinfonías y cuarenta y tres composiciones más a sus espaldas. Gracias a este bagaje es ya un opus de atractivos perfiles, aunque no tenga la significación de su Primera sinfonía, doce años anterior, ni tampoco la del cuarteto siguiente, que supone un salto de trampolín dentro de la colección. En ellos, sobre todo a partir del quinto, Shostakovich dará la espalda al régimen soviético y a su propaganda dirigista en materia musical. Los ocho últimos, a menudo tan huraños y descarnados, durante largos trechos son casi un recitativo continuo alterado por figuras violentas como heridas marcadas a hierro candente, cicatrices abiertas por la gran guerra o por una vida miserable.

Cuartetos crepusculares, desde el filo mismo, son riquísimas las atmósferas en las que viven “a sol depuesto”, por emplear una bella expresión de la escritora Carmen Martín Gaite, de intenciones diversas aunque asímismo tristes. Obras maestras todas, es cuestión por completo baladí, así como tan sólo personal, que quizá el Nº 13 me guste un poco menos que estos otros diez. En cambio, el último me gusta incluso más. En él son frecuentes la introspección y el desamparo, y parece como si las cuerdas fueran raspadas con lija en vez de frotadas con el arco. Se podría decir de estas obras lo que el clásico latino afirmara de las horas: “Todas hieren, la última mata”.
El Cuarteto Brodsky, al ser un conjunto con desempeño en muchas veladas ligeras, que ha tocado con estrellas del pop como Björk, canciones de Kurt Weill o hermosas rarezas como Caprichos románticos de Conrado del Campo, lo cual no le supone el más mínimo problema, podría hacernos creer que es apenas un peso pluma para un corpus tan exigente y esquivo como el shostakovichiano, para el que pocos son los elegidos y ni tan siquiera los llamados son muchos. Sin embargo, tal recelo es injustificado cuando se evalúan los excelentes resultados de una experiencia que sin duda ha espoleado a sus integrantes y de la que tal vez hayan salido incluso fortalecidos. Sea como fuere, los del Brodsky han trabajado duro y su labor requiere matizaciones, así como una petición de paciencia a los lectores perezosos que desearían que hasta el mismo Marcel Proust se expresara en tuits.

Si hay formaciones que en Beethoven no se permitirían ningún rasgo expresionista, ni siquiera en los últimos cuartetos, esta le imprime ese carácter desde el relativamente juvenil Segundo, en el que actúa como contraste el Adagio, traducido de modo neblinoso y sugestivo. El Nº 3 adopta en su inicio la forma de un canon, de sutil ingenio en su rápida formulación de preguntas y respuestas y cuya naturaleza poco académica casa bien con los modales desinhibidos del Brodsky, que sabe mudar el tono en el Adagio por otro más austero.
Saltémonos cuatro partes contratantes para caer, si bien nada muellemente, sobre el Nº 8, uno de los más violentos, que une a lo grande lo bélico con lo decibélico. Sin embargo sus intérpretes no recalcan ni la densidad de texturas, que suenan como aligeradas, ni el dramatismo que demandan sus amplias hechuras dinámicas. Por la apariencia algo feble, su traducción supone el único lunar relativo y su interés -que alguno, desde luego, hay- no alcanza ni de lejos el del Cuarteto Borodin, que como saben hasta los párvulos es de lejos la mejor integral de estas obras, siendo óptima también la del elegante Cuarteto Fitzwilliam, cuyo Octavo lo es además muy en concreto, o por supuesto la de Rudolf Barshái, transcriptor de su versión para orquesta de cuerda.

Un Noveno en el que, como en otros, deslumbran sus conexiones temáticas, es afrontado liberando una energía inusitada que se traduce en algunos momentos cortados a pico, de exasperada vehemencia, o en inesperados repliegues teñidos de emoción. El Undécimo desarrolla como pocos la técnica de los tiempos unidos entre sí como hermanos siameses, junto al procedimiento de la trasformación motívica, por el cual un diseño en sí a veces poco relevante acaba convirtiéndose en una gran catedral sonora; el Brodsky recalca el carácter obsesivo de muchos tramos. Y, en fin, convendría recalar ya en el despojado Decimoquinto, pariente cercano de los anteriores: aun no siendo desdeñable, con un Epílogo de desnudos aleteos, que sin dudar puntúa, a su lectura le falta algo de la intensidad y hondura del Cuarteto Borodin. Por ejemplo las líneas de la Serenata, que de puro afiladas podrían hacer pensar en las navajas barberas, aquí apenas parecen cuchillos de plástico de los que se usan en las meriendas de cumpleaños para partir la tarta, por lo general también plastificada.

Como ha narrado Julian Barnes en las páginas iniciales de su novela El ruido del tiempo, que están entre las más logradas, en la época del Quinto cuarteto Shostakovich, liando cigarrillos sin cesar, vivía atenazado por el miedo a que una noche la policía de Stalin lo detuviera en su propio domicilio o hiciera daño a su familia. Él, que nunca había vivido fuera de la Unión Soviética, era un ciudadano sin tacha y podía presumir de ser un artista laureado, pero ese mismo pecho que lucía condecoraciones en los actos oficiales reventaba ahora de angustia. Y acaso una clave de esos terrores nos la ofrece Heinrich Böll en su ensayo La celestial amargura de Solzhenitsyn. El jefe de un convoy -escribe Böll- pregunta a un prisionero por qué lo han condenado a 25 años, a lo que éste contesta: “Por nada”. Y el jefe exclama: “No mientas. Por nada sólo te condenan a 10”.

No obstante, pese al dolor y la mortificación que hay detrás de casi todos estos cuartetos, la sensación que nos invade al finalizar su escucha es de un disfrute intenso, por lo que el sentimiento que predomina es la gratitud hacia los miembros del Brodsky y, sobre todo, hacia Shostakovich. De los placeres sin pecar ninguno hay como la música de cámara, sobre todo cuando es tan espléndida. El miedo a la muerte de su autor nos hace olvidar paradójicamente nuestra propia condición mortal, y durante algunos momentos hasta el sexo olvidamos gracias al salvoconducto que brinda el mejor de estos placeres.

DIMITRI SHOSTAKOVICH: Los cuartetos para cuerda / Cuarteto Brodsky / CHANDOS / Ref.: CHAN 10917(6) / (Grabación, Amsterdam; 2-8:III.2016 (6 CD).

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