La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

¿Quién diablos dijo armonías celestiales?

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JOAQUÍN MARTÍN DE SAGARMÍNAGA / El arpa no siempre recibe la atención que merece, por lo que el disco debe acudir a veces en su ayuda para remediar tal carencia y difundir algunas piezas más o menos infrecuentes dentro del repertorio de un instrumento asociado a la orquesta en grandes páginas como son los conciertos de Händel, Boïldieu, Glière o Ginastera, o a cometidos de mero acompañamiento. En su célebre y malicioso Diccionario de tópicos Gustave Flaubert consignó, arpa: “instrumento que produce armonías celestiales”. Y es verdad que para huir de esta cursi asociación son muy de agradecer empeños como éste, que tomando obras de aquí y allá afiliadas a diferentes estéticas, logran ampliar sus perspectivas. Sea, pues, bienvenida esta antología propuesta por la joven Elisabeth Plank y el sello Ars que abarca un siglo de músicas para esta voz singular aunque, como nadie es perfecto, se deje en el tintero muchos nombres pretéritos, sobre todo galos, como son Damase, Fauré -quien escribió un bello Noctuno para el instrumento-, Debussy, Ravel, etcétera.

Conviene, eso sí, avanzar lo mucho que hay. Franz Liszt transcribió algunas canciones de Schubert o Chopin al piano, instrumento del que era un virtuoso consumado, tal como hace en este caso con El ruiseñor de Alexander Alyabyev, que decora con finos y endulzados piani y, cómo no, profusión de arpegios. Se da la circunstancia de que también Balakirev adaptó esta en otros tiempos popular canción, que fue incluso grabada en rollo de pianola por Alexander Siloti, discípulo de Anton Rubinstein y también de Liszt.

Paul Hindemith sólo compuso, que sepamos, una Sonata para arpa fechada en 1939. Con la particularidad de que empieza con un tiempo lento -de los tres que la integran-, es quizá la pieza de mayor interés del disco, si bien otras, como la de Schubert, posean un atractivo más inmediato. En el breve y no muy divulgado Nocturno de Michail Glinka encontramos la sencillez que caracteriza a este ruso temprano de factura elegante e inspiración a menudo occidental y a veces algo académica. Cabe destacar en él la belleza del tema inicial.

El judío Ami Maayani (n. 1936) hace abrevar a su inspiración en el vasto campo del eclecticismo. No hay rupturas formales, pues todo proviene de una tradición que encuentra su mayor estímulo en el folclore hebreo o la subyugación arábiga. Qué duda cabe que la mixtura fascina y su atmósfera nocturna en nada contradice el tono general del disco. El solista hace revolotear con delicadeza una catarata de arpegios, y trenza y destrenza sonoridades ayudándose de la pedalización para arrojarlos a los cuatro vientos.

Pese a que aprecio mucho las partituras de Rota para el cine de Fellini y Ford Coppola, y sus estudiosos como el muy documentado José María Latorre de hecho provengan en general de ese medio, cada vez valoro más su música no cinematográfica, la que su gran oficio volcó en las formas cerradas de la llamada música culta, en cuyos moldes ahormó obras de radiante atemporalidad. Aquí deja oír sus cálidos acentos mediterráneos y un tanto arcaizantes, unidos al son plañidero que destila la Sarabanda, seguida de una alegre y ajustada Toccata.

Franz Schubert comparece con una breve y poética Nachstück D. 672 que, tras su intimista introducción, hace valer la gran facilidad melódica de un autor que tuvo ese don como casi ningún otro a lo largo del Romanticismo y aun de toda la historia musical. Pero quizá la mayor sorpresa sean Los elfos, de Henriette Renié, aportación francesa que visualiza mediante sugestiones onomatopéyicas, no sin belleza, una leyenda de Leconte de Lisle sobre amores y venganzas. El Carnaval de Venecia del ignoto Wilhelm Posse, en fin, adapta una canción italiana antaño popular gracias a un arreglo de Julius Benedict para soprano de coloratura, al que el exceso de picados de la melodía estropeaba, sí, digo bien, estropeaba, aunque fuera un arreglo, la línea principal. Resulta más fina la versión para arpa.

Instrumento afín a las féminas por su gran delicadeza, gradaciones y matices, Plank le hace honor en toda la muestra, ya desde los casi inmateriales piani que abren la pieza lisztiana y el CD. Dentro de esta concepción del arpa tan sensitiva hace valer la riqueza sonora de las cuerdas, su íntima vibración, el eco. Ello no menos, claro está, que su conocimiento de los diferentes estilos, pues no es lo mismo afrontar a Schubert o a Liszt, rebosantes de poesía romántica, que por ejemplo al más gélido, al menos en apariencia, Paul Hindemith. Acaso le falte a la intérprete algo de músculo cuando en un momento de la obra de Renié hace volar el forte, pero eso es ponerse picajosos, pues sólo es pecata minuta; hubiera requerido la fuerza de un hombre, de un Zabaleta, y ella -ya se ve- es mujer.

Qué placer, señores, sería resucitar un día en cuerpo y alma, con todas nuestras estanterías discográficas llenas, y gozar de nuevo de las grabaciones de Nicanor Zabaleta, Lily Laskine, María Robles, María Rosa Calvo-Manzano, Elisabeta Bushueva e tanti amici dell´arpa notturna, como si aún estuviéramos todos vivos, antes de que la señora Plank -arpista y no arpía- se mude también al otro barrio pese a la fina piel de querubín que aún gasta en las fotos del cuadernillo. ¡Ah!, y perdonen que yo también esté cayendo en el lugar común que tanto desdeñaba Flaubert al hablar de este instrumento.

ARS 38229 

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