La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Mar, 14 Feb, 2017

Réquiems a la memoria de Luis XVI y María Antonieta

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URKO SANGRONIZ / Tras la Restauración borbónica en Francia y el exilio definitivo de Napoleón a Santa Elena en 1815, los homenajes póstumos a las figuras de Luis XVI y su esposa María Antonieta se sucedieron durante las décadas siguientes. Algunos los tenían por auténticos tiranos, otros por mártires de la Revolución, y es precisamente en ese contexto en el que las dos obras de este álbum cobraron especial relevancia, sobre todo a partir de su interpretación en sendos homenajes a los dos monarcas guillotinados.

El 21 de enero de 1816, durante las celebraciones por la memoria de Luis XVI, Cherubini estrenó el Réquiem en do menor para coro y orquesta en la Basílica de Saint-Denis de París. En él optó por una escritura coral a la manera italiana, con la división de las voces en sopranos, contraltos, tenores y bajos, sin recurrir a solista alguno. Sus detractores, que lo consideraban poco progresista además de protegido y beneficiado por la clase dirigente, etiquetaron esta composición como vacía y demasiado academicista, algo que a todas luces resulta simplista y torticero. Porque aunque es cierto que la obra no alcanza las cotas de dramatismo de los réquiems románticos posteriores –ni falta que hace-, también lo es el hecho de que Cherubini emplease toda su maestría en el aprovechamiento de los elementos a su disposición, en el manejo de las intensidades, en la instrumentación idónea para reflejar la emoción del momento, en la escritura contrapuntística, plena de energía y solemnidad, en el lirismo de las intervenciones del coro, y en la inclusión de ciertos efectos sorpresivos que confieren expresividad en el momento preciso, como el toque de trompetas y el golpe de gong posterior en la Secuencia, a partir del cual la obra parece cambiar por completo de registro. No resulta extraño por tanto que este Réquiem en do menor se interpretase en la misa en memoria de Beethoven en Viena, pocos días después de su muerte.

En cuanto a la Messe de réquiem à grand orchestre de Charles-Henri Plantade, dedicada a la memoria de María Antonieta, ha de señalarse que se publicó en 1823 para ser interpretada durante la conmemoración del trigésimo aniversario de la muerte de la reina, aunque la fecha de su composición es anterior y también dudosa, y muy probablemente fue interpretada con anterioridad a ese año. La razón de su elección para tal evento se debe a la premura en el tiempo, por eso los organizadores se decantaron por una obra del que por entonces era compositor oficial de la Capilla de las Tullerías. No es casualidad que el Réquiem de Plantade esté compuesto en la misma tonalidad que el de Mozart –re menor-, ya que la popularidad de este último fue en aumento desde que se descubriera en Francia alrededor de 1805.

La Messe de réquiem de Plantade se presenta en primicia discográfica, y es una de esas gratas sorpresas que muy de vez en cuando ofrece el mercado. Su sola escucha hace que la adquisición del álbum merezca la pena. Sabiamente emplazada en segundo lugar del programa, desde los primeros compases se percibe con claridad que su sonoridad difiere de la del Réquiem de Cherubini, a pesar de que al igual que éste tampoco incluye la participación de solistas vocales. Su autor opta en él por la disposición del coro a la francesa, con las voces masculinas divididas a tres, pero lo que confiere a este réquiem un atractivo especial es sobre todo el lenguaje del compositor, una mezcla entre el ímpetu de las novedades románticas y el estilo más arcaizante de las obras sacras del s. XVIII, quién sabe si a modo de evocación de épocas pretéritas. A ello hay que añadir la sucesión de los pasajes líricos con otros de gran dramatismo (como ocurre en la Prosa y en el Sanctus), además de la ambientación sonora que reviste la obra de emotividad. La instrumentación, muy rica y variada, está llena de detalles de interés, como el glissando de semitono ascendente y descendente de la trompa en el Pie Jesu, emulado después por las cuerdas en inquietantes líneas melódicas. El discurso musical también está salpicado de momentos de gran inspiración, como ocurre en la alternancia de las secciones del tutti con pasajes escritos para la sección coral grave en el Ofertorio, o para las cuerdas graves en el Agnus Dei y que de nuevo evoca sonoridades anteriores en el tiempo, de conjunto de violas en este caso.

Le Concert Spirituel y Hervé Niquet consiguen reflejar en su interpretación el entusiasmo que el descubrimiento del Réquiem de Plantade ha supuesto para ellos, tal y como explica el director en las notas al disco. La emotividad está siempre presente a lo largo de toda la grabación, ya sea de forma más o menos comedida, y la entrega de todos los intérpretes se aprecia desde los primeros acordes. El sonido coral y orquestal, de una cohesión admirable en ambos casos, suena depuradísimo en todo momento, también en los fragmentos de mayor dramatismo, en los que el balance perfecto entre el coro y la orquesta se mantiene inalterable. La sonoridad de los instrumentos de época permite que cada audacia orquestal se perciba con nitidez, de forma renovada, como si de la primera escucha se tratase. El coro, por su parte, muestra su sonido genuinamente francés, con el tipo de emisión y la pronunciación característicos, idóneos en cualquier caso para esta música por su brillo y claridad. El precioso color y la perfecta afinación son un valor añadido a la escucha. Un gratísimo descubrimiento y un placentero reencuentro en unas interpretaciones excelentes.

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