La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga
Publicado el: Dom, 17 Abr, 2016

Sondra, reina donizettiana

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FERNANDO FRAGA /

Leyla Gencer y Beverly Sills comparten el mérito de haber rescatado del injusto olvido tres partituras de Donizetti, las conocidas como “Ciclo Tudor”. O sea, Anna Bolena (1830), Maria Stuarda (1834) y Roberto Devereux (1838). La turca realizó la proeza en teatros europeos; la norteamericana en el escenario que más privilegió, al que acabaría dirigiendo una vez retirada del canto: la New York City Opera. En bastante medida, Sills “oficializó” el ciclo al grabarlo al completo en disco.

Tras Gencer y Sills, hubo otras sopranos que, con cierta incidencia, se afirmaron en alguno o en los tres títulos: Caballé, Kabaivanska, Miricioiu, Nicolesco, Weidinger, Ricciarelli, más recientemente Maria Pia Piscitelli y otras más. Y últimamente, sobre todo, dos ya veteranas, Edita Gruberova y Mariella Devia, quien, además, dio un paso adelante añadiendo a la triple oferta la de Elisabetta al castello de Kenilworth (1829).

Cuatro décadas después de Gencer y Sills, otra norteamericana, Sondra Radvanovsky, repite la proeza en el Metropolitan neoyorkino, en menos de medio año, a caballo entre diciembre de 2015 y la primera mitad del 2016. A través de las pantallas de cine, se difundió la más agresiva de las tres soberanas inglesas, la enamorada de Roberto Devereux y rival de Sara Nottingham.

Radvanovski, hasta la fecha, se ha visto asociada por repertorio a Verdi, tanto el de los inicios como el  más maduro, o sea, el de la soprano spinto o dramática a secas como la de agilidad: Elvira, Leonora de Aragón, Elena, Amelia, Lina, Elisabetta de Valois, apenas Violetta o Aida. Partes que fue combinando con las puccinianas Tosca, Manon o Angelica, la Roxane de Alfano o la Rusalka de Dvorák, con alguna novedad, como The Civil Wars de Glass y esporádicos personajes de Wagner, Mozart y Chaikovsky. Pero, ya en 2008, ampliaba repertorio italiano con obras de la primera mitad del Ochocientos: Lucrezia Borgia de Donizetti, o la Norma belliniana que debutó en Oviedo, rubricó en Peralada y con la que demostró ser una de las mejores intérpretes de hoy en Nueva York y Barcelona. En esta segunda década del XXI la intérprete parece centrarse en el bel canto romántico con esa trilogía donizettiana de reinas inglesas. El paso del tiempo tendrá la palabra.

El cuarteto vocal neoyorkino para este Roberto Devereux funcionó a toda prueba de exquisitos, malintencionados o maniáticos espectadores; desde el foso, Maurizio Benini demostró haber realizado una labor de concertación tan genuina como integradora; a él hay que remitir la común manera de enfrentar el equipo una misma y apropiada forma de abordar el mundo donizettiano. Director menos mediático que otros, pero de sólida y competente autoridad, después de escucharle esta ejecución nadie en su sano juicio, musical y canoro, puede negársela.

Elina Garanca, en el ingrato papel de Sara, que apenas puede sobresalir en su aria (la única además que no cuenta con cabaletta) y luego ha de compartir laureles en dúos con tenor y barítono, fue una Sara impecable. Funcionó en todo lo que se le puede pedir al personaje: voz, canto, presencia y actuación escénicas. Tiene la lituana algo más a su favor: cuando está en el escenario, atrae las miradas como si tuviera un imán invisible; debido, sin duda, a su serena y muy natural hermosura.

Ya se sabe que Matthew Polenzani, tenor lírico a secas, no cuenta con unos medios destacables por su belleza o brillo. Sí tiene registro suficiente, aunque a veces algunas notas agudas no posean similar densidad que otras del centro de la voz. Se trata empero de un artista cuidadoso, sensible y siempre atento a regulaciones y a una variada exhibición de matices. Su mejor momento, entre otros más, fue el bellísimo andante del aria, del que supo sacar, justamente, toda su hermosura y delicadeza.

Quizá precisaría Mariusz Kwiecien algo más de volumen vocal, o mayor italianeidad de colorido, pero el barítono polaco dotó a Nottingham del necesario contenido en una ejecución que obtuvo el preciso crescendo dramático desde el lirismo del aria a la intensidad del desencuentro con la esposa, remate perfecto a la definición del personaje.

La Radvanovsky plegó su potente voz a las necesidades del bel canto donizettiano, sin evitar ninguno de los adornos de la línea de canto, sorteando las dificultades de la coloratura con competente capacidad, aprovechando los instantes de mayor vehemencia interpretativa, ofreciendo en suma, gracias asimismo a una soberbia caracterización y actuación, una Elisabetta de enorme fuerza. La escena final le permitió exhibir todas esas cualidades, dejando al espectador sin aliento. Asombrosa cantante que parece hallarse en el mejor momento de su carrera.

El  montaje de David McVicar, responsable igualmente de los otros dos títulos Tudor, es efectivo, muy bien elaborado por la parte de los actores, con dos aciertos especiales: los conseguidos en el dúo mezzo-barítono, y el de la citada escena final de la reina. La definición de los personajes alcanzó hasta Lord Cecil, mostrado como contrahecho y manco, bien acorde con su categoría humana. El decorado -un único espacio palaciego acomodado con la época y el lugar de la acción- adquieren diversos espacios merced a una puerta central que se abre y cierra oportunamente, con una iluminación pertinente (de Paule Constable) que le permite definir los diferentes cuadros, incluso el más problemático de la cárcel. Únicamente, con ese afán de originalidad asociada a los registas actuales, rompe un tanto los climas logrados al situar continuamente al coro rodeando la escena, como si la ópera se representara para ellos (la corte inglesa) y el público (el del Met y el de los cines). Es que no lo pueden evitar: tienen que poner su dedito de genialidad, supuesta o no.  Menos mal que el fastuoso vestuario, ajustadísimo por lo demás, de Moritz Junge ayudó a que tal detalle pudiera ser intermitentemente obviado.

Mostrando 2 Comentarios
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  1. Se olvida citar a Ana María Sánchez, la última cantante española que ha abordado este rol, y el de Anna Bolena, en Oviedo, con excelentes críticas. Además la \”Peña Los puritanos\” ovetense le concedió su premio anual, en ocasión de su Anna Bolena.

  2. Fernando dice:

    Tiene usted razón, pero Ana María puede ser incluida en la frase \”entre otras más\”. LA lista no pretendía ser exhaustiva. Admiro a la Sánchez porque creo que es una de las voces verdianas, más que donizettianas, más importantes
    últimamente escuchadas.

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