La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

Sufrimientos pastoriles, alegrías musicales

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MARIANO ACERO RUILÓPEZ / Aunque el nombre del húngaro György Vashegyi no sea excesivamente familiar por estos pagos, cuenta con una amplia y sólida trayectoria en la interpretación historicista y sus recientes incursiones discográficas en el barroco francés (Les Fêtes de Polymnie, de Rameau, elogiosamente comentada en estas páginas por nuestro querido compañero Javier Sarria o Grands Motets, de Mondonville, ambas en GLOSSA) han demostrado que tiene mucho que decir en este campo. Repite ahora con Jean Joseph Cassanéa de Mondonville (1711-1772), presentando de nuevo en GLOSSA una obra dramática que fue vituperada a raíz de su estreno en 1742 y quizá por ello, olvidada desde entonces. Digamos, de entrada, que la grabación constituye un éxito rotundo y contribuye a arrojar luz sobre un compositor al que con frecuencia se ha llegado a considerar casi anulado por el gigante Rameau.

Con libreto del marqués de La Rivière, la obra, apartándose de la tragedie lyrique entonces en boga, se adentra por los más infrecuentes caminos de la pastoral heroica, cuyo modelo absoluto era Issé, de André Cardinal Destouches. Y fuera por la inevitable comparación con el modelo, que inauguró en la Académie Royale de Musique la temporada del estreno de Isbé, porque el libreto parecía demasiado manierista, porque se encasillaba al compositor en la música religiosa, porque sus notas traslucían un evidente italianismo o tal vez por la suma de todo ello, la obra de Mondonville, aunque mantuvo el tipo y abrió a su autor las puertas de la Académie, sufrió todo tipo de ataques y libelos anónimos -se dijo, entre otras cosas, que era “seca, sin sustancia y descarnada” y que imitaba ¡a Corelli, Haendel y Vivaldi!, únicas fuentes del compositor- y, salvo en una ocasión para la reina María Leczinska, nunca se repuso.

El argumento no tiene mucha intríngulis. Tras el pertinente prólogo en que se finge el triunfo de la Moda (amores superficiales y pasajeros) sobre el Amor verdadero, se narran las cuitas amorosas de la arcádica pastora Isbé, enamorada hasta las cachas de su compañero Coridon, que también la ama en secreto, si bien ninguno se atreve a declararse. Isbé es, además, pretendida por el jefe de los druidas Adamas, que está a punto de conseguir sus pretensiones hasta que en el momento preciso en que va a consumarse la unión una terrorífica tormenta manifiesta la voluntad divina, contraria al casorio y favorable a la unión de los jóvenes pastores. Y, claro está, se produce el triunfo del auténtico Amor.

Pero tan simple historia -simple, sí, pero cuajada de sentimientos contradictorios: alegrías, penas, celos, envidias, sospechas…- está sostenida por una música de enorme calidad, un tanto italianizante, efectivamente, -era el signo de la modernidad- y esmaltada de imaginativos recitativos, arias y ariettes muy expresivas y a menudo de gran exigencia vocal, perfectamente adaptadas al texto y explotando sabiamente las cualidades de los actores que la estrenaron (nada menos que Catherine-Nicole Le Maure, Jélyotte, François Le Page y Marie Fel), brillantes coros y un tratamiento orquestal complejo y colorido, con muy variadas danzas para el ballet. Contenía, en suma, todos los ingredientes para alcanzar un gran éxito que sólo por prejuicios y factores extramusicales se le hurtó. Y que, hoy, pudiendo ya juzgar sin anteojeras, nos hacen apreciarla en todo su valor, que es mucho. Sobre todo, si se nos ofrece en una interpretación del calibre de la que se grabó en Budapest, con motivo de su recuperación mundial y que ahora nos llega en disco.

Vashegy -un nombre que hay que retener- ha dado ya sobradas pruebas de entender muy bien el barroco francés. Y se compenetra con la orquesta –Orfeo Orchestra– y su formidable coro –Purcell Choir-, que él mismo fundara hace casi 30 años, a las mil maravillas. Y ambos responden con precisión de relojería, bien empastados y con una sonoridad suntuosa. ¡Qué gozada -es un sólo ejemplo- escucharlos reunidos en la tormenta que preludia el final!.

Es, sin duda, Adamas el personaje más complejo y mejor delineado por Mondonville y encuentra en el barítono Thomas Dolié -que ya destacara en Les fêtes de Polymnie– un intérprete ideal, que interioriza a su personaje, canta con naturalidad, dramatiza convincentemente sus recitativos -casi todos, acompañados- y da rienda suelta a sus encontrados sentimientos hasta proclamar su magnanimidad final con los jóvenes amantes. Por lo demás, la soprano Katherine Watson (Isbé) y el tenor Reinoud van Mechelen (Coridon), más dulce y doliente que trágica aquélla, fino y elegante éste se sitúan a la cabeza de un reparto que está a la altura de las muchas exigencias de la pastoral, haciéndonos disfrutar de lo lindo en las cerca de tres horas que dura la obra.

Tras su repetida escucha, no queda más que confirmar que Mondonville fue no sólo un gran compositor religioso, sino un grandísimo compositor dramático, y que Gÿorgy Vashegi tiene todo el derecho a ser uno de los grandes directores barroquizantes, sobre todo, en música francesa, de nuestros días.

GCD 924001

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