La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

Unos grandes motetes en primicia mundial

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JAVIER SARRÍA PUEYO / El boloñés Giacomo Perti es un buen ejemplo de la desmemoria que para con tantos grandes creadores del pasado demuestra el mercado musical actual. Nacido en 1661, ostentó desde 1696 hasta su muerte, acaecida en 1756, el puesto de maestro de capilla de la Basílica de San Petronio, una de las instituciones musicales más prestigiosas de toda Italia, componiendo todo género de música, salvo la instrumental, pues su fama se extendió por toda la península, por lo que hubo de completar numerosos encargos procedentes del exterior. Uno de estos encargos provino de Florencia, donde el príncipe Fernando de Médicis daba rienda suelta a su melomanía integral. Tal vez por querencia a su madre francesa, por entonces enclaustrada en su país natal tras su separación de Cosme III, padre de Fernando, éste encargó a principios del nuevo siglo un gran motete a Alessandro Scarlatti, hoy perdido. Con ello se dio inicio a una brevísima tradición florentina del gran motete italiano: sobre la base de un texto latino de nueva creación, se elabora una musicalización a gran escala, con orquesta, coro y varios solistas, frente al motete a voz sola que por entonces adoptaba su forma definitiva en Italia. Una vez que Scarlatti abandona la órbita florentina, en 1704 Fernando vuelve a la carga y encomienda a Perti la composición de un gran motete anual, llegando hasta seis. De éstos, tres son los que, en primicia mundial, se graban en el disco que hoy comento.

La estructura es similar en los tres motetes: tras un coro introductorio, se suceden recitativos y arias –y, en dos casos, dúos–, concluyendo con otro coro, cuya última sección –en dos motetes un Aleluya– es una fuga. La música, extravertida, aunque profunda, es de una calidad extraordinaria. Recuerda a veces al Stradella más moderno y, en otras, a Alessandro Scarlatti. Y es que, en particular los coros, no dejan de tener algo de madrigalesco, aunque más por la interpretación que por su contenido musical, mientras que las arias, con su da capo, son rabiosamente modernas. Las tres fugas corales, muy breves, son excelentes, con un punto de grandiosidad que anticipa a Haendel. Los recitativos no son mero formulismo transicional, sino que destacan por su enorme expresividad. En cuanto a las arias y dúos, son variadísimas, algunas excelentes, como Tubarum sonitus, con su espléndida trompeta obligada, la bellísima siciliana Quam dulce repetit, Flores Arni, con su virtuoso violín concertado, la tempestuosa Fremunt tartara o Virgo dulcis, virgo pia, maravillosa aria mariana en que la voz de soprano se entrelaza con las amorosas intervenciones de los violines.

Daniela Dolci nos ofrece una interpretación muy característica de sus maneras. Por un lado, ahonda en la interpretación históricamente fundada, con una extraordinaria atención al detalle, una particular expresividad, gracias a un fraseo muy elocuente, y un ahondamiento en el contenido del texto, con un continuo extremadamente cuidado, el mismo que presta a ciertos detalles organológicos, como es, en este caso, el empleo de trompetas naturales sin trampas (Madeuf y Cía.) o los violines y violonchelos in historical scale (sic) (lo que quiera que sea eso, pues falta toda explicación en la carpetilla). Sin embargo, lleva mucho tiempo empeñándose en emplear fuerzas mínimas para cualquier obra a la que se enfrenta (paradigmáticos son, en este sentido, los cuatro violines que utilizó en su Mesías o en la tragedia de Jacquet de la Guerre Céphale & Procris). En este disco vuelve a la carga disponiendo una voz y un instrumento por parte, salvo el bajo continuo (dos violonchelos, violone, dos tiorbas y dos órganos). Algo así hay que justificarlo y explicarlo en el folleto. El enfoque madrigalesco de los coros queda bien casi siempre, aunque las magníficas fugas finales se presentan sin grandeza. Los cantantes mejor como solistas que como coro. Las sopranos, en especial Cristina Grifone, realizan una gran labor, expresivas y dotadas de un bonito timbre, logrando la segunda un excelente manejo de las muchas agilidades requeridas. Flavio Ferri-Benedetti rinde bien, pero debería cuidar los fortes en el registro agudo. Flojo el barítono Raitis Grigalis, superado por la excelente trompeta de Madeuf en Tubarum sonitus.

Este disco permitirá al melómano descubrir a un compositor sobresaliente injustamente olvidado en una interpretación disfrutable.

PAN 10357

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