La Quinta de Mahler Beckmesser Revista El arte de la fuga

Vino viejo en odres nuevos

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JOAQUÍN MARTÍN DE SAGARMÍNAGA / En la música excelsa de Ludwig van Beethoven hay tres vertientes muy significativas, por ser renovadoras del lenguaje musical: las 9 sinfonías, las 32 sonatas para piano y los 16 cuartetos para cuerda, con el apéndice de la hermosa Gran Fuga. En el caso de los cuartetos la división en tres periodos puede parecer algo forzada, pero aquí la conservamos porque además de ser útil no es ni mucho menos arbitraria.

Tal división considera modelos tempranos las 6 obras catalogadas como opus 18. En estos cuartetos, de los cuales el sexto es quizá el mejor, sin dejar de ensanchar moldes Beethoven se abandona a una inspiración feliz, que fluye con lozanía poco común y nos permite saborear la furtiva miel de la vida, en expresión prestada por el poeta Amado Nervo. Todo suena en ellos con un aire a ratos danzante y palaciego, tan aristocrático como el abolengo del príncipe Lobkowitz, a quien están dedicados.

Le siguen los 5 que abarcan el trío dedicado al conde Razumovski, de gran atractivo, el apodado Las arpas, una de las indiscutibles cumbres de todo el ciclo y, por último, el Serioso, título éste del propio Beethoven. En ellos las dinámicas se ensanchan, la expresión gana el primer plano y suele aumentar la libertad de los intérpretes.

Finalmente, están las últimas joyas, a menudo poco entendidas por sus primeros oyentes. Las melodías no están ocultas, como se ha afirmado, pero su aderezo es de una audacia sin límites y la polifonía un entretejido mayéutico y mayúsculo. El tono deviene confesional: hay arcadas que nos golpean con furia el rostro junto a voces que acarician el oído en sordina. Jamás el cuarteto voló tan alto y pocas veces alcanzaría este grado de introspección. La cavatina del Op. 130, por ejemplo, traza un relato de gran pureza y su expresividad excede con creces una denominación que en muchas óperas devendrá convencional. Lo mismo pasa con la Gran Fuga, que aunque se haga eco de esta forma de construcción respira sin corsés un aire no viciado o el dolor sin luz del que hablara Pushkin. Y ocurre igual con las líneas del Scherzo del Op. 135, en que la relevancia otorgada al cello, que durante la sección central parece una motocicleta al arrancar, desborda el lenguaje de un predecesor como Haydn.

El Belcea que, como es casi un secreto a voces, parece destinado a dejar una honda impronta en la ejecución del cuarteto para arcos, otorga a cada bloque una particular visión, pero sin aislarlos según su época en compartimentos estancos, sino matizando cada pieza. Aunque no se dejen cazar fácilmente, acaso quepa espigar algunas características referidas a diversos ejemplos. Todas las muestras de la Op. 18 están expuestas con un vitalismo desbordante, incidiendo en su permanente metamorfosis temática o en su trabada ligazón, que dan fe del alto magisterio contenido ya en las primeras obras, todavía pertenecientes al Beethoven de la Real Fábrica de Tapices, digamos.

Pero hay numerosos detalles que salpican la ejecución de los ejemplos posteriores, como el abordaje del Allegro final del nº 4, con su coda coruscante, o el modo de exprimir las medias voces que engalanan el tiempo lento del nº 5, trabajado en forma de variaciones. Al afrontar Las arpas es refinadísimo el modo en que encaran los repechos más líricos, pero también hace su aparición un estilo más incisivo y lleno de empuje. Y mayor será aún la mutación del Serioso, con un imprevisto volantazo de los cuatro miembros del Belcea al unísono, y diversas arcadas y fraseos que enfatizan el vigor de algunos diseños o la intransigencia de sus peculiares acentos, tan mal captados por algunos tempranos receptores.

Como es sabido, las últimas obras son las más personales y elaboradas, aquellas que requieren del oyente una inmersión con escafandra. Algo a lo que se suman gustosos los miembros del grupo creado -¿manu militari?- por la gran violinista Corina Belcea. El Op. 131, predilecto de Schönberg, muestra unas matizadas transiciones y cambios de decoración, justeza en las articulaciones del Presto o feroces cabalgadas en el Finale. La joya del álbum, no obstante, tal vez sea el Op. 130, por la variedad atmosférica, los cambios de tono, presión y dinámica, sin hablar del continuum perfecto que evidencian todos los adagios de esta feraz recolección. La jugada maestra es añadirle, como es preceptivo, la Gran Fuga, en cuya ejecución -que a veces roza el expresionismo- los 4 fantásticos rugen, braman y hasta aúllan como pocos se atreverían a hacerlo.

Beethoven por el Belcea. Así como el hambriento con buen paladar satisface al mismo tiempo la necesidad de alimento y el disfrute del gusto, algo similar ocurre con el placer que nos depara una determinada obra musical cuando va unida a una interpretación bien pimentada. Y por seguir con el símil de la buena mesa, habrá que concluir que con versiones como ésta el Belcea aspira a compartir mantel y llenar la andorga con los miembros del Cuarteto Italiano, Budapest, Amadeus, LaSalle -atención a sus últimos cuartetos, de concepción visionaria- o Alban Berg. En el caso del Tokyo me he de morder la lengua a estas alturas tan babeante porque, pese a lo mucho que me impresionaron en vivo, conozco mal lo que han hecho con el sordo en estudio.

L. VAN BEETHOVEN: Los cuartetos completos para cuerda. Cuarteto Belcea  ALPHA  262 / ( 8 CD)     

 

Mostrando 1 Comentario
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  1. Estimado Sr. Sagarmínaga:
    Su descripción/narración da el tinte preciso como para estar oyendo al gran sordo y a los Belcea. Gracias. Un cordial saludo y Feliz Navidad. Salud!. Luis F.

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